COMENTARIO

 Hb 11,1-22 

La exhortación a la fe mencionada en 10,39 da paso a un encendido elogio de la fe de los antepasados, por la que recibieron un «testimonio» (v. 2), es decir, reconocimiento divino. En primer lugar (v. 1) define la esencia de esta virtud: por medio de la fe el creyente adquiere una certeza firme respecto a las promesas divinas y una posesión anticipada de los bienes celestiales. Esta fe, necesaria para la salvación, incluye en primer lugar la confesión de la existencia de Dios y la creación a partir de la nada (v. 3).

«Por la fe, aun después de muerto, todavía habla» (v. 4). Con estas palabras se evoca el pasaje del Génesis en el cual Dios declara a Caín que «la voz de la sangre de tu hermano clama hacia mí desde la tierra» (Gn 4,10). Abel es testigo, «mártir», de Dios, porque confiesa con su fe, su sacrificio y su generosidad, las grandezas divinas.

A partir de Gn 5,21-24, en la tradición judía se pensaba que Henoc (v. 5) no había muerto, y que, como Elías, estaba en presencia de Dios preparando la venida del Mesías. Su ejemplo da ocasión al autor sagrado de afirmar la absoluta necesidad de la fe para salvarse (v. 6). La fe es el «comienzo de la salvación del hombre» (S. Fulgencio de Ruspe, De fide ad Petrum 1), que se traduce en fe en Cristo: «Creer en Cristo Jesús y en aquél que lo envió para salvarnos es necesario para obtener esa salvación (cfr Mc 16,16; Jn 3,36; 6,40 e.a.). “Puesto que ‘sin la fe… es imposible agradar a Dios’ (Hb 11,6) y llegar a participar en la condición de sus hijos, nadie es justificado sin ella y nadie, a no ser que ‘haya perseverado en ella hasta el fin’ (Mt 10,22; 24,13), obtendrá la vida eterna” (Cc. Vaticano I: DS 3012; cfr Cc. de Trento: DS 1532)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 161). Por eso, «aunque Dios, por caminos conocidos sólo por Él, puede llevar a la fe (…) a los hombres que ignoran el Evangelio sin culpa propia, corresponde, sin embargo, a la Iglesia la necesidad y, al mismo tiempo, el derecho sagrado de evangelizar» (Conc. Vaticano II, Ad gentes, n. 7).

Noé «condenó al mundo» (v. 7), pues con su conducta coherente condenó la incredulidad de sus contemporáneos: «Presentó al mundo como merecedor de castigo, porque el hecho de presenciar esta construcción no llevó a los hombres a enmendarse ni a arrepentirse» (S. Juan Crisóstomo, In Hebraeos 23,1).

Entre todos los ejemplos de fe destaca el de Abrahán (vv. 8-19), el modelo por antonomasia, en el Antiguo Testamento, de fe en Dios (cfr 6,13ss.; Gn 12,1-4; Rm 4,1ss.; Ga 3,6-9). «Obedecer (“ob–audire”) en la fe, es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia, Abrahán es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 144).

Volver a Hb 11,1-22