COMENTARIO
Después de los patriarcas, Moisés era la figura más venerada por el pueblo hebreo, que veía en él a su fundador y a su legislador (cfr 3,1-5). El punto central de la enseñanza de este pasaje (vv. 23-29) es la doble elección a la que obliga la fe: por una parte, a abandonar el goce del pecado y abrazar el sufrimiento del pueblo de Dios (vv. 24-25); por otra, a despreciar los «tesoros de Egipto» y optar por el «oprobio de Cristo» (v. 26). Esta última expresión indica que los sufrimientos pasados en Egipto por el pueblo elegido prefiguran los dolores del Mesías. Ante esta realidad el cristiano debe aprender que ningún bien humano es comparable con la posesión del Señor mediante la gracia. Ningún sufrimiento representa demasiado con tal de seguir al Maestro y asemejarse a Él.
A continuación (vv. 30-40), evocando proezas y sufrimientos de los que salieron victoriosos gracias a su fe, el autor sagrado menciona los testimonios de fe dados por los héroes, jueces, reyes, profetas y mártires desde el tiempo de la conquista de la tierra prometida hasta la época macabea (para los pasajes concretos ver las referencias bíblicas al margen del texto). Tan sólo cita, sin seguir un estricto orden cronológico, a los jueces más importantes (Gedeón, Barac, Sansón y Jefté), al más glorioso de los reyes (David) y al más célebre de los profetas antiguos (Samuel). Finalmente recuerda, sin referir nombres, hechos relevantes de fe y fidelidad.
El pasaje concluye con la afirmación de que los justos del Antiguo Testamento no alcanzaron las promesas porque «Dios había previsto algo mejor» (v. 40). Tuvieron que esperar la gracia que brotaría del sacrificio de Cristo. Dios es como un buen padre, comenta San Juan Crisóstomo, que dice a sus hijos queridos, después de que han terminado su trabajo, que no les dará de comer si no llegan también sus hermanos. «Pues si todos somos un solo cuerpo, este cuerpo recibe un gozo mayor si todos son coronados a la vez y no sólo una parte» (In Hebraeos 28).