COMENTARIO

 Hb 12,14-29 

Se exhorta a llevar una vida ejemplar y fiel digna de ser ella misma culto a Dios (cfr v. 28). Para ello, acude por contraste al ejemplo de Esaú (vv. 14-17) y presenta una comparación entre dos escenas (vv. 18-24): una es la estampa sobrecogedora del establecimiento de la Alianza en el Sinaí (cfr Ex 19,12-16; 20,18); la otra es la visión maravillosa de la Ciudad celestial en el monte Sión, morada de los ángeles y bienaventurados.

El punto central de su argumento se basa en el momento más significativo del nuevo pacto (v. 24): el derramamiento de la sangre del Señor, que sella la Alianza y realiza la purificación universal (cfr Ex 24,8; Hb 9,12-14.20; 1 P 1,2). Esta sangre «habla mejor que la de Abel» (v. 24; cfr 11,4), porque «éste exigía venganza mientras que la sangre de Cristo exige el perdón» (Sto. Tomás de Aquino, Super Hebraeos, ad loc.). «Pecadores, dice esta Epístola, ¡felices de vosotros, que después de pecar acudís a Jesús crucificado, que derramó toda su sangre para ponerse como mediador de paz entre Dios y los que pecan, y recabar de Él vuestro perdón! Si contra vosotros claman vuestras iniquidades, a favor vuestro clama la sangre del Redentor, y la divina justicia no puede menos de aplacarse a la voz de esta sangre» (S. Alfonso Mª de Ligorio, Práctica del Amor a Jesucristo 3).

La responsabilidad de los creyentes es grande. Con unas palabras del profeta Ageo (v. 26), el autor manifiesta que así como la tierra tembló en el Sinaí cuando Dios selló la Alianza con Moisés, así también con la Nueva Alianza han temblado la tierra y el cielo (cfr Mt 27,51-52). Si la Antigua Alianza exigía obediencia y temor (vv. 20-21), la grandeza de la Nueva exige además una mayor unión con el Señor (v. 25) y una vida en la gracia que sea verdadero culto a Dios (v. 28).

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