COMENTARIO

 2 P 1,3-4 

Dios, con su poder, ha elegido a los Apóstoles y les ha concedido gracias admirables para que todos los hombres lleguen a ser «partícipes de la naturaleza divina» (v. 4). En esta breve fórmula, que ha tenido un papel muy importante en la reflexión teológica y en especial sobre la doctrina de la gracia, se resumen los frutos que esos preciosos bienes producen en los cristianos. Como consecuencia de la unión de la naturaleza humana y la naturaleza divina en la Persona del Verbo el hombre es divinizado: «El Hijo de Dios se hizo hombre para hacernos Dios» (S. Atanasio, De Incarnatione 54,3; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 460). Esa «divinización» es, al mismo tiempo, el inicio y la meta definitiva de la vida cristiana. Inicio, en cuanto que es incorporación a Cristo mediante el Bautismo, y lleva consigo —a través de la gracia y la filiación divina adoptiva— el participar de la misma vida de Dios. Meta definitiva, en cuanto que esa participación llegará a su plenitud y se perfeccionará definitivamente en el Cielo, al contemplar a Dios «tal cual es» (1 Jn 3,2). De todos modos, la Santísima Trinidad inhabita —ya en esta vida— en el alma en gracia (cfr p. ej. Jn 14,17-23; 1 Co 3,16; 6,19). «La fe nos dice que el hombre, en estado de gracia, está endiosado» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 103).

Volver a 2 P 1,3-4