12 P1Simón Pedro, siervo y apóstol de Jesucristo, a cuantos por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo les ha tocado en suerte una fe tan preciosa como la nuestra: 2gracia y paz en abundancia para ustedes, mediante el conocimiento de Dios y de Jesús, Señor nuestro.
3Su divino poder nos ha concedido cuanto se refiere a la vida y a la piedad, mediante el conocimiento del que nos ha llamado por su propia gloria y potestad: 4con ello nos ha regalado los preciosos y más grandes bienes prometidos, para que por éstos lleguen a ser partícipes de la naturaleza divina, tras haber escapado de la corrupción que reina en el mundo a causa de la concupiscencia.
5Por esa razón, deben poner de su parte todo esmero en añadir a su fe la virtud, a la virtud el conocimiento, 6al conocimiento la templanza, a la templanza la paciencia, a la paciencia la piedad, 7a la piedad el amor fraterno, al amor fraterno la caridad. 8Porque si tienen estas virtudes y crecen vigorosamente en ustedes, no quedarán inoperantes e infecundos en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. 9Quien carezca de estas virtudes es tan ciego y miope que no puede ver, y ha echado en olvido que fue purificado de sus antiguos pecados. 10Por tanto, hermanos, pongan el mayor esmero en fortalecer su vocación y elección. Porque si se comportan de este modo, no tropezarán jamás. 11Así se les abrirá de par en par la entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
12Por eso procuraré siempre recordarles estas cosas, por más que las sepan y estén firmes en la verdad que ya poseen. 13Considero que es mi deber —mientras permanezca en esta tienda— estimularlos con mis exhortaciones, 14porque sé que pronto tendré que abandonarla, según me lo ha manifestado nuestro Señor Jesucristo. 15Y procuraré que incluso después de mi partida puedan recordar estas cosas en todo momento.
16Pues les hemos dado a conocer el poder y la venida futura de nuestro Señor Jesucristo, no siguiendo fábulas ingeniosas, sino porque hemos sido testigos oculares de su majestad. 17En efecto, él fue honrado y glorificado por Dios Padre, cuando la suprema gloria le dirigió esta voz: «Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias». 18Y esta voz venida del cielo la oímos nosotros estando con él en el monte santo.
19Y tenemos así mejor confirmada la palabra de los profetas, a la que hacen bien en prestar atención como a una lámpara que alumbra en la oscuridad, hasta que alboree el día y el lucero de la mañana amanezca en sus corazones. 20Pues ante todo deben saber que ninguna profecía de la Escritura depende de la interpretación privada, 21porque nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que, impulsados por el Espíritu Santo, aquellos hombres hablaron de parte de Dios.
22 P1Así como surgieron falsos profetas en el pueblo de Israel, también habrá entre ustedes falsos maestros. Éstos introducirán fraudulentamente herejías perniciosas: negando al Dueño que los rescató, atraerán sobre ellos mismos una pronta ruina. 2Muchos seguirán sus costumbres licenciosas, y por su causa el camino de la verdad quedará infamado; 3movidos por la codicia, traficarán con ustedes mediante palabras engañosas. Pero su condenación —anunciada ya desde antiguo— permanece en vigor, y su ruina está al acecho.
4En efecto: Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que al arrojarlos en el infierno los entregó a las cavernas tenebrosas, donde están guardados para el juicio; 5y no perdonó al mundo antiguo, aunque preservó a Noé —pregonero de la justicia— con otros siete, cuando desencadenó el diluvio sobre el mundo de los impíos; 6y a las ciudades de Sodoma y Gomorra las condenó a la destrucción, reduciéndolas a cenizas para escarmiento de lo que habrá de suceder a los impíos; 7y libró en cambio al justo Lot —angustiado por la conducta licenciosa de aquellos hombres inicuos—; 8pues este justo, al vivir entre ellos, sentía atormentada su alma por las obras inicuas que día tras día veía y oía. 9Porque el Señor sabe cómo librar de la prueba a los piadosos y retener a los impíos para castigarlos en el día del Juicio, 10sobre todo a los que, arrastrados por deseos impuros, van detrás de la carne y menosprecian la autoridad del Señor.
Temerarios y arrogantes, no temen blasfemar contra los seres gloriosos, 11mientras que los ángeles —aun siendo superiores en fuerza y poder— no profieren una sentencia injuriosa contra ellos en presencia del Señor. 12Pero éstos —como bestias irracionales, destinadas por naturaleza para ser capturadas y muertas— blasfeman contra lo que ignoran, y se corromperán como ellas, 13sufriendo el pago por el mal que hicieron. Consideran una dicha el goce de un día; hombres sucios y corrompidos, que se deleitan en sus extravíos y se comportan con ustedes como si estuvieran en banquetes. 14Sus ojos están llenos de adulterio y no cesan de pecar; seducen a las almas débiles y tienen el corazón curtido en la codicia; son hijos de maldición. 15Abandonaron el camino recto y se extraviaron, siguiendo el camino de Balaán, hijo de Bosor, que amó el pago de la iniquidad, 16pero fue reprendido por su transgresión: un jumento mudo, hablando con voz humana, impidió la insensatez del profeta. 17Esos son fuentes sin agua y nieblas arrastradas por el huracán, a quienes está reservado el infierno tenebroso.
18Hablando palabras hinchadas de vanidad, y provocando concupiscencias carnales y licenciosas, seducen a quienes acaban de alejarse de los que viven en el error. 19¡Les prometen la libertad, siendo ellos mismos esclavos de la corrupción!, ya que uno es esclavo de quien lo ha vencido.
20Porque si después de haber escapado de las impurezas del mundo por el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, se dejan atrapar nuevamente por ellas y son vencidos, sus postrimerías resultan peores que los principios. 21Más les valiera no haber conocido el camino de la justicia que, después de conocerlo, volverse atrás del santo precepto que se les entregó. 22Se ha cumplido en ellos aquel proverbio tan acertado:
«El perro vuelve a su propio vómito
y la cerda lavada a revolcarse en el fango».
32 P1Queridísimos: ésta es ya la segunda carta que les escribo. Ellas son como un recuerdo con el que procuro despertar en ustedes el recto criterio, 2para que se acuerden de las palabras anunciadas por medio de los santos profetas, y del precepto del Señor y Salvador que les transmitieron sus apóstoles.
3Tengan en cuenta, ante todo, que en los últimos días vendrán hombres que se burlan continuamente de todo y que viven según sus propias concupiscencias, 4y que dirán: «¿Dónde está la promesa de su venida? Porque desde que los padres murieron, todo continúa como desde el principio de la creación».
5Ignoran deliberadamente que en otro tiempo hubo cielos y tierra. Ésta, por la palabra de Dios, surgió de las aguas, y quedó asentada en medio de ellas, 6y, así, el mundo de entonces pereció anegado por las aguas.
7A su vez, los cielos y la tierra de ahora, por la misma palabra, están reservados para el fuego y guardados para el día del Juicio y de la perdición de los impíos.
8Pero hay algo, queridísimos, que no deben olvidar: que para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. 9No tarda el Señor en cumplir su promesa, como algunos piensan; más bien tiene paciencia con ustedes, porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos se conviertan. 10Pero como un ladrón llegará el día del Señor. Entonces los cielos se desharán con estrépito, los elementos se disolverán abrasados, y lo mismo la tierra con lo que hay en ella.
11Si todas estas cosas se van a destruir de ese modo, ¡cuánto más deben llevar ustedes una conducta santa y piadosa, 12mientras aguardan y apresuran la venida del día de Dios, cuando los cielos se disuelvan ardiendo y los elementos se derritan abrasados! 13Nosotros, según su promesa, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva, en los que habita la justicia.
14Por lo tanto, queridísimos, a la espera de estos acontecimientos, esmérense para que él los encuentre en paz, inmaculados e intachables, 15y consideren que la longanimidad de nuestro Señor es nuestra salvación. Así se los escribió también nuestro querido hermano Pablo según la sabiduría que se le otorgó, 16y así lo enseña en todas las cartas en las que trata estos temas. En ellas hay algunas cosas difíciles de entender, que los ignorantes y los débiles interpretan torcidamente —lo mismo que las demás Escrituras— para su propia perdición.
17Por eso, ustedes, queridísimos, sabiéndolo de antemano, estén alerta, no sea que —arrastrados por el error de esos disolutos— decaigan de su firmeza. 18Crezcan en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él la gloria ahora y hasta el día de la eternidad. Amén.