COMENTARIO
A la iniciativa divina se ha de responder con la fe y la práctica de las virtudes, y alcanzar así la meta y la plenitud a la que Dios llama. Para el cristiano, las virtudes no son un fin en sí mismas, sino medio necesario para alcanzar el conocimiento de Cristo (v. 8); quien no se ejercitase en las virtudes se incapacitaría para verle (v. 9). «Por medio de estas virtudes, si las ponemos en práctica, Dios se nos deja ver; pero si no las practicamos, no podemos ver a Dios» (Ps.-Hilario de Arlés, In 2 Petrum, ad loc.). Por eso, Santa Teresa de Jesús insistía en la necesidad de no separar contemplación y esfuerzo por crecer en la virtud: «Torno a decir que es menester no poner vuestro fundamento sólo en rezar y contemplar; porque si no procuráis virtudes y hay ejercicio de ellas, siempre os quedaréis enanas, y aun plega a Dios que sea sólo no crecer, porque ya sabéis que quien no crece, descrece» (Moradas 7,4,9). Entre las virtudes, la fe (v. 5) y la caridad (v. 7) que se mencionan son «principio y término de la vida. El principio es la fe; el término, la caridad. Las dos, trabadas en unidad, conducen a Dios, y todo lo demás que atañe a la perfección y santidad se sigue de ellas» (S. Ignacio de Antioquía, Ad Ephesios 14,1-2).