COMENTARIO
El testimonio de los profetas es también garantía de la verdad de la Parusía, porque es Palabra de Dios. De ahí que la palabra de los profetas (las Escrituras) no tolere una interpretación «privada», arbitraria. No se puede dejar al sentimiento personal, a especulaciones míticas (cfr 1,16).
El v. 21 pone de manifiesto el hecho y la naturaleza de la inspiración bíblica. La Sagrada Escritura ha sido redactada bajo la inspiración del Espíritu Santo. En la composición de los libros sagrados intervienen Dios y el autor humano de tal manera que el escrito resultante es —a la vez— todo de Dios y todo del hombre. Por eso, como señala el escritor sagrado, la interpretación de la Sagrada Escritura no puede ser arbitraria (v. 20). Ha sido la Iglesia quien ha recibido el mandato y el servicio de conservar e interpretar la Palabra de Dios: «El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo. Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer» (Conc. Vaticano II, Dei Verbum, n. 10).