COMENTARIO

 1 Jn 1,1-4 

Aunque no tiene saludo ni despedida, esta carta refleja la intimidad entre el autor y los destinatarios. El tema central es la comunión con Dios, con Cristo y con los hermanos. Para avivar esa comunión, San Juan va reflexionando sobre algunos temas que aparecen entrelazados y se contemplan como en círculos concéntricos cada vez con más profundidad. Son como los puntos esenciales de una catequesis bautismal por los que el cristiano puede discernir cuál es la comunión auténtica y cuál no lo es. La comunión con Dios se alcanza caminando en la luz, en la sinceridad, guardando los mandamientos y permaneciendo en la verdad de Cristo y sobre Cristo (1,5-2,29). Una comunión con Dios que es filiación y que exige romper con el pecado y vivir con obras el mandamiento del amor fraterno (3,1-24). Una comunión que conlleva la confesión de la verdad sobre Cristo, amar como Dios ama, y creer en la acción de Dios que nos ha dado a su Hijo (4,1-5,12). La carta concluye reafirmando el poder de la oración y la seguridad que da la fe (5,14-21).

El prólogo (vv. 1-4), que enuncia la idea fundamental del escrito, tiene fuertes parecidos con el del cuarto evangelio (Jn 1,1-18): Jesús es el Verbo (la Palabra) de vida manifestado a los hombres. Comentando este pasaje el Catecismo de la Iglesia Católica señala: «La transmisión de la fe cristiana es ante todo el anuncio de Jesucristo para llevar a la fe en Él. Desde el principio, los primeros discípulos ardieron en deseos de anunciar a Cristo: “No podemos nosotros dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hch 4,20). Y ellos mismos invitan a los hombres de todos los tiempos a entrar en la alegría de su comunión con Cristo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 425).

La finalidad del testimonio del autor sagrado acerca de Cristo (vv. 3-4) es doble: la comunión y el gozo completo. La comunión con los Apóstoles, expresada con el término técnico koinonía, implica, en primer lugar, tener la misma fe de quienes convivieron con Jesucristo: «Ellos vieron presente al Señor corporalmente —recuerda San Agustín— y oyeron las palabras de su boca y nos las anunciaron; nosotros también las oímos, pero no le hemos visto (…). Ellos le vieron, nosotros no le vimos y, sin embargo, estamos unidos a ellos, porque tenemos la misma fe» (In Epistolam Ioannis ad Parthos 1,3).

El gozo completo es fruto de la unión con Dios (v. 4). La mayoría de los manuscritos dicen «nuestra alegría»: otros, entre ellos la Vulgata, aducen «vuestra». La variante no tiene importancia, porque el pronombre «nuestro» incluye a los Apóstoles y a los fieles, sobre todo teniendo en cuenta la «comunión» mutua antes mencionada (cfr Jn 15,11; 17,13).

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