COMENTARIO
El autor sagrado refuerza la confianza en la oración y urge a la necesidad de orar por los pecadores. «Pecado que lleva a la muerte» (v. 16), recuerda el pecado contra el Espíritu Santo (cfr Mt 12,31-32) y el de apostasía (cfr Hb 6,4-8). «Juan parece querer acentuar la incalculable gravedad de lo que es la esencia del pecado, el rechazo de Dios, que se realiza sobre todo en la apostasía y en la idolatría, o sea, en repudiar la fe en la verdad revelada y en equiparar con Dios ciertas realidades creadas, elevándolas al nivel de ídolos o falsos dioses» (S. Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 17).
Si San Juan no manda expresamente orar por esos pecadores, no quiere decir que sean irrecuperables, consideradas la omnipotencia y la misericordia de Dios. El Papa San Gelasio I enseña: «Hay pecado de muerte para los que permanecen en el mismo pecado; hay pecado no de muerte para quienes se apartan del mismo pecado. Ningún pecado hay, ciertamente, por cuyo perdón no ore la Iglesia, o del que, por la potestad que le fue divinamente concedida, no pueda absolver a quienes se apartan de él» (Ne forte).