COMENTARIO

 1 Jn 5,18-21 

Jesucristo, Dios y hombre verdadero, es también la vida eterna, porque sólo en Él podemos alcanzarla. En la afirmación de San Juan de que «el que ha nacido de Dios no peca» (v. 18) —enseña San Juan Pablo II— «hay una indicación de esperanza, basada en las promesas divinas: el cristiano ha recibido la garantía y las fuerzas necesarias para no pecar» (Reconciliatio et paenitentia, n. 20).

En las palabras finales, San Juan exhorta a considerar la grandeza de la filiación divina: «Reconoce, cristiano, tu dignidad, y puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al Reino de Dios» (S. León Magno, Sermo 1 in Nativitate 3).

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