COMENTARIO
Estos versículos contienen la profecía del vidente que ha comido el pequeño libro. Se refieren a la tribulación de la Iglesia, como preámbulo de los acontecimientos finales, los que seguirán a la séptima y última trompeta (11,15ss.). La Iglesia está simbolizada en el Santuario y en el altar de Jerusalén, a los que Dios protege. El resto de la ciudad es la humanidad que no pertenece a la Iglesia y ante la que ésta da testimonio hasta sufrir martirio.
Jerusalén fue hollada por los gentiles, en tiempos de Antíoco Epífanes, que profanó el Templo e introdujo en él la estatua de Zeus Olímpico (cfr 1 M 1,54); y, sobre todo, por los romanos, que destruyeron el Templo y la ciudad, sin dejar piedra sobre piedra (cfr Mt 24,21; Mc 13,14-23; Lc 21,20-24). Tomando pie de estos acontecimientos, San Juan profetiza que nunca ocurrirá lo mismo con la Iglesia, pues ésta ha sido preservada por Dios del poder de sus enemigos (cfr Mt 16,16-18). Los cristianos podrán sufrir persecuciones de un tipo o de otro, con violencia física o moral, pero la Iglesia no podrá ser vencida porque Dios la preserva: «La Iglesia “va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios” (S. Agustín, De civitate Dei 18,51,2) anunciando la Cruz del Señor hasta que venga (cfr 1 Co 11,26). Está fortalecida, con la virtud del Señor resucitado, para triunfar con paciencia y caridad de sus aflicciones y dificultades, tanto internas como externas, y revelar al mundo fielmente su misterio, aunque sea entre penumbras, hasta que se manifieste en todo su esplendor al final de los tiempos» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 8).
Los dos testigos (v. 3) simbolizan el testimonio de la Iglesia. No se determina la identidad de esos dos testigos. Se les llama «olivos», como a Zorobabel, príncipe del linaje de David, y a Josué, sumo sacerdote (cfr Za 3,3-14). Pero se les asignan los rasgos de Elías, que «cerró» los cielos para que no lloviese (cfr 1 R 17,1-3; 18,1), y de Moisés, que transformó las aguas en sangre (cfr Ex 7,14-16). También los enemigos de Elías y de Moisés habían sido devorados por el fuego que bajó del cielo (cfr 2 R 1,10; Nm 16,35). Pero, puesto que los dos testigos dan testimonio de Jesucristo y mueren mártires, la tradición los ha identificado con San Pedro y San Pablo, martirizados en Roma, que sería la ciudad a la que aquí aludiría, en forma simbólica, el Apocalipsis. Algunos comentaristas en la antigüedad (p. ej. Ticonio y San Beda) identificaron a los dos testigos con el Antiguo y el Nuevo Testamento; pero esta interpretación no tuvo gran eco. San Jerónimo (Epistulae 59) dice que los testigos son Elías y Henoc, y siguen esta interpretación San Agustín (De civitate Dei 39) y San Gregorio Magno (Moralia 9,4).
La tribulación la causan en último término las fuerzas del mal, es decir, la bestia, figura del Anticristo, que hace su aparición en la Ciudad Santa (v. 7). Durante un tiempo determinado —el tiempo de la historia simbolizado por los cuarenta y dos meses, los mil doscientos sesenta días o los tres días y medio— hay momentos en los que prevalecen las fuerzas adversas que llevan a muchos a la prevaricación. Simultáneamente, aparecen los testigos del verdadero Dios, que predican penitencia (vv. 3-6), y por eso son martirizados con gran regocijo de sus adversarios (vv. 7-10). Pero Dios interviene en favor de esos mártires, subiéndolos al Cielo y diezmando de muerte a sus enemigos; por temor, los supervivientes reconocen a Dios (vv. 11-13). «Algunos cristianos, ya desde los primeros tiempos, fueron llamados, y seguirán siéndolo siempre, a dar este supremo testimonio de amor ante todos, especialmente ante los perseguidores. Por tanto, el martirio, en el que el discípulo se asemeja al Maestro que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, y se conforma a Él en la efusión de su sangre, es estimado por la Iglesia como un don eximio y la suprema prueba de amor. Y si es don concedido a pocos, sin embargo, todos deben estar prestos a confesar a Cristo delante de los hombres, y a seguirle, por el camino de la cruz, en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 42).
Las tribulaciones correspondientes a las tres últimas trompetas quedan especialmente resaltadas al hacerlas coincidir con los tres ayes anunciados desde el Cielo (cfr 8,13) que, como grito de lamentación, acentúan su carácter terrible. Ahora se acaba de describir el segundo Ay, como algo ya sucedido, y se anuncia el tercero. De este modo se vuelve a tomar, tras el paréntesis de 10,1-11,13, el hilo de la narración en torno al sonido de las trompetas y se advierte acerca de la importancia de lo que viene a continuación.