COMENTARIO
Estos versículos, que proclaman la llegada definitiva del reinado de Cristo, son como una introducción a toda la sección. Las voces celestes, expresión de la revelación divina, anuncian que se ha consumado el designio de Dios de que Cristo reine eternamente sobre todo el universo. Se cumplen así las palabras del Salmo 2. En efecto, la Iglesia «constituye el germen y el comienzo de este Reino en la tierra. Mientras va creciendo poco a poco, anhela la plena realización del Reino y espera y desea con todas sus fuerzas reunirse con su Rey en la gloria» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 5). El triunfo final de Cristo se ve ya presente, y ante esa revelación brotan la adoración y la acción de gracias del entero Pueblo de Dios, representado por los veinticuatro ancianos (cfr 4,4). La visión ahora contempla la morada de Dios y descubre que Dios mantiene su Alianza.
La promesa del v. 18, «que supera todas las posibilidades humanas, afecta directamente a nuestra vida en el mundo, porque una verdadera justicia debe alcanzar a todos y debe dar respuesta a los muchos sufrimientos padecidos por todas las generaciones. En realidad, sin la resurrección de los muertos y el juicio del Señor, no hay justicia en el sentido pleno de la palabra. La promesa de la resurrección satisface gratuitamente el afán de justicia verdadera que está en el corazón humano» (Cong. Doctrina de la Fe, Libertatis conscientia, n. 60).
Los fenómenos atmosféricos que acompañan la aparición del arca (v. 19) recuerdan los de la teofanía del Sinaí, y expresan la intervención efectiva de Dios (cfr 4,5; 8,5) que, ahora, va a ir acompañada también del castigo de los malvados, tal como indica la alusión al terremoto y a la fuerte granizada (cfr Ex 9,13-35). Con frecuencia, los autores antiguos entendieron que el arca era la Santísima Humanidad de Cristo, y San Beda explica que así como el maná se guardaba en el arca antigua, así la divinidad de Cristo está oculta en su Cuerpo santo (cfr Explanatio Apocalypsis 11,19).