COMENTARIO
Que este ataque del dragón se dé en el cielo significa que el nacimiento de Cristo y la impotencia del diablo frente a Él era algo predeterminado por Dios desde la eternidad.
La figura de la Mujer es caracterizada con rasgos que son aplicables a Israel, a la Santísima Virgen y a la Iglesia. El pasaje se ilumina y enriquece a la luz del conjunto de la Revelación. En efecto, San Lucas, al narrar la Anunciación, ve a María como la representación del resto fiel de Israel: a Ella le dirige el ángel el saludo dado en So 3,15 a la hija de Sión (cfr notas a Lc 1,26-38). Pero el texto sagrado del Apocalipsis deja abierto el camino para ver en la mujer directamente a la Santísima Virgen, cuya maternidad conllevaría el dolor del Calvario (cfr Lc 2,35) y había sido profetizada como una «señal» en Is 7,14 (cfr Mt 1,22-23). Por otra parte, ya San Pablo en Ga 4,26 ve en una mujer, Sara, la alegoría de la Iglesia que es nuestra madre, y no es infrecuente en la literatura judía no canónica contemporánea del Apocalipsis, personificar a la comunidad en la figura de una mujer. De ahí que sea coherente ver al pueblo de Dios, a la Iglesia, como representado en la figura de María. Aplicando la figura de la mujer a la Iglesia escribía San Gregorio Magno: «El sol representa la luz de la verdad, y la luna la mutabilidad de lo temporal; la Iglesia santa está como revestida de sol porque es protegida por el esplendor de la verdad sobrenatural, y tiene la luna bajo sus pies, porque está por encima de los bienes temporales» (Moralia 34,12). Aplicándola a la Virgen decía San Bernardo: «En el sol hay color y esplendor estables; en la luna sólo resplandor completamente incierto y mutable, pues nunca permanece en el mismo estado. Con razón, pues, María se presenta vestida de sol, ya que ella penetró el profundo abismo de la sabiduría divina más allá de cuanto pudiera creerse» (Dominica infra octavam Assumptionis 3).
Mientras la Iglesia peregrine en la tierra «la Madre de Jesús, glorificada ya en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y comienzo de la Iglesia que llegará a su plenitud en el siglo futuro. También en este mundo, hasta que llegue el día del Señor, brilla ante el Pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 68).