COMENTARIO
La lucha entre la serpiente y sus ángeles contra Miguel y los suyos, y la derrota de aquélla, aparecen íntimamente relacionadas con la muerte y glorificación de Cristo (cfr v. 11; 12,5). Al mismo tiempo, la mención de Miguel y de la serpiente «antigua», así como los efectos de la lucha —el ser arrojados del cielo— hacen pensar en el origen del demonio. Éste, que era una criatura angélica muy excelsa, según algunas tradiciones judías (cfr Vida latina de Adán y Eva, 12-16) se convirtió en diablo cuando Dios creó al hombre a su imagen y semejanza (cfr Gn 1,26; 2,7). El demonio no aceptó inclinarse ante el hombre por ser éste imagen de Dios. Miguel, en cambio, obedeció. Entonces el diablo y otros ángeles, al considerar al hombre inferior a ellos, se rebelaron contra Dios. Por eso el diablo y sus seguidores angélicos fueron arrojados al infierno y a la tierra, y no cesan de tentar al hombre para que, pecando, se vea también privado de la gloria que se le otorgó por ser imagen de Dios.
En Dn 10,13 y 12,1 se dice que el arcángel San Miguel es el que defiende, de parte de Dios, al pueblo elegido. Su nombre significa: «¿Quién como Dios?», y su función es velar por los derechos divinos frente a quienes quieren usurparlos, como los príncipes de los pueblos, o el mismo Satán al intentar hacerse con el cuerpo de Moisés según la Carta de San Judas (v. 9). De ahí que también en el Apocalipsis aparezca San Miguel como el que se enfrenta con Satanás, la serpiente antigua, aunque la victoria y el correspondiente castigo los decide Dios o Cristo. La Iglesia, por ello, invoca a San Miguel como su guardián en las adversidades y contra las asechanzas del demonio (cfr Liturgia de las Horas, Himno del Oficio de Lecturas del 29-IX).
Los Santos Padres interpretan estos versículos del Apocalipsis como testimonio de la lucha entre Miguel y el diablo al principio de la historia, que fue consecuencia de la prueba que hubieron de pasar los espíritus angélicos. Y, a la luz del Apocalipsis, entendieron, como referidas a aquel momento primordial, las palabras que el profeta Isaías pronunciara contra el rey de Babilonia: «¡Cómo has caído del cielo, Lucero [o Lucifer], hijo de la aurora! ¡Has sido abatido a tierra, tú que postrabas a naciones!» (Is 14,12). También vieron en este pasaje del Apocalipsis la lucha que Satanás sostiene contra la Iglesia a lo largo de la historia y que se radicalizará al final de los tiempos: «El cielo es la Iglesia —escribe San Gregorio Magno— que en la noche de la vida presente, mientras posee en sí misma las innumerables virtudes de los santos, brilla como las radiantes estrellas celestes; pero la cola del dragón arroja las estrellas a la tierra (…). Las estrellas que caen del cielo a la tierra son aquellas que habiendo perdido la esperanza de las cosas celestiales, codician bajo la guía del diablo el ámbito de la gloria terrena» (Moralia 32,12).