COMENTARIO

 Ap 13,1-10 

Satanás, la serpiente antigua, lanza su ataque por medio de las bestias a las que comunica su poder (cfr v. 1; 13,11). La mayoría de los Santos Padres vieron en la bestia del v. 1 al Anticristo, y así escribe San Ireneo: «En la bestia que surge está compendiada toda maldad y toda mentira, de modo que concentrada y cumplida en ella toda la fuerza de la apostasía, sea arrojada al horno del fuego» (Adversus haereses 5,29). Las bestias representan en general los poderes históricos en los que de una u otra forma se encarnan las fuerzas del mal.

La primera bestia (vv. 1-10) simboliza el poder político exacerbado hasta suplantar a Dios; la segunda (cfr 13,11-12), aquellas fuerzas del mal que defienden, justifican y propagan una deificación del poder, mostrándolo como bueno.

Las bestias, presentadas con rasgos tomados de las descripciones que los profetas hacían de los enemigos de Israel, aluden de forma inmediata al Imperio romano; pero éste es considerado a la vez, en algunos aspectos, como instrumento de una potencia diabólica que, traspasando aquel tiempo concreto, se cierne constantemente sobre el hombre y se manifiesta con más fuerza a medida que se avecina el final de la historia. «La idolatría es una forma extrema del desorden introducido por el pecado. Al sustituir la adoración del Dios vivo por el culto de la creatura, falsea las relaciones entre los hombres y conlleva diversas formas de opresión» (Cong. Doctrina de la Fe, Libertatis conscientia, n. 39).

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