COMENTARIO
Más adelante (cfr 16,13; 19,20) esta segunda bestia será identificada con el falso profeta, ya que, en efecto, su papel es seducir a los hombres para que adoren a la primera bestia. Realiza, con el poder del mal, prodigios semejantes a los de los profetas —como Elías, que hizo bajar fuego del cielo (cfr 1 R 18,38)—, e incluso parece imitar la fuerza del Espíritu que da vida, animando las imágenes de la bestia. Ésta es símbolo de los regímenes e ideologías que rechazan a Dios y exaltan falsamente al hombre. Es el materialismo engañoso que «si a veces habla también del “espíritu” y de las “cuestiones del espíritu”, por ejemplo en el campo de la cultura o de la moral, lo hace solamente porque considera algunos hechos como derivados (epifenómenos) de la materia (…). Según esta interpretación, la religión puede ser entendida solamente como una especie de “ilusión idealista”, que ha de ser combatida con los modos y métodos oportunos, según los lugares y circunstancias históricas, para eliminarla de la sociedad y del corazón mismo del hombre» (S. Juan Pablo II, Dominum et Vivificantem, n. 56).