COMENTARIO
Frente a los poderes del mundo que se oponen a Dios y a la Iglesia, inducidos por Satanás, está el Cordero, Cristo resucitado, con los suyos, que cantan su gloria y su triunfo. El monte Sión representa a la Iglesia protegida por Cristo y congregada en torno a Él. Allí están los que pertenecen a Cristo y al Padre, y llevan por tanto su marca: hijos de Dios. Son un número incalculable, pero completo en sí mismo y establecido en la mente de Dios: el Pueblo de Dios representado en una cifra que es el resultado de multiplicar 12 (las tribus) por 12 (los Apóstoles) por 1.000 (número desorbitado) (cfr 7,3-8). No están todavía en el cielo, sino en la tierra, desde donde alaban a Dios uniéndose a la liturgia celeste.
El autor del Apocalipsis se refiere a todos los miembros de la Iglesia en cuanto que son santos, llamados a la santidad; pero el simbolismo que emplea conlleva una realidad profunda: que la virginidad y celibato por el Reino de los Cielos es una realización singular y un signo evidente de esa dimensión esponsalicia de la Iglesia. «De este modo la continencia “por el reino de los cielos”, la opción de la virginidad o del celibato para toda la vida, ha venido a ser en la experiencia de los discípulos y de los seguidores de Cristo el acto de una respuesta particular del amor del Esposo Divino, y, por esto, ha adquirido el significado de un acto de amor esponsalicio: esto es, de una donación esponsalicia de sí, para corresponder de modo especial al amor esponsalicio del Redentor; una donación de sí entendida como renuncia, pero hecha, sobre todo, por amor» (S. Juan Pablo II, Audiencia general, 25-IV-82).