COMENTARIO
Tres ángeles anuncian el Juicio (vv. 6.8.9); Cristo, el Hijo del hombre, lo pronunciará (14,14); y otros tres ángeles lo ejecutarán (14,15-20). Todos los hombres son capaces de reconocer y amar a su Creador: quienes así lo hagan serán premiados el día del Juicio. Éste es el «evangelio eterno» (v. 6).
La bienaventuranza divina (v. 13) anuncia el gozo de los que terminan su vida siendo fieles a Cristo. Los maestros judíos enseñaban que «cuando un hombre muere no lo acompañan la plata ni el oro, las piedras preciosas ni las perlas, sino la ley y las buenas obras» (Pirqué Abot 6,9). No se trata solamente de que los justos sean premiados por sus obras, sino de que éstas —de algún modo— permanecen con ellos; como enseña la Iglesia, «los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad, en una palabra, los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre “el reino eterno y universal; reino de verdad y de vida; reino de santidad y de gracia; reino de justicia, de amor y de paz”» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 39).