COMENTARIO

 Ap 15,5-16,21 

La tienda (15,5), como el arca en 11,19, simboliza la presencia de Dios, que actúa definitivamente mediante sus ángeles. Las siete copas de oro son el instrumento para arrojar las plagas sobre el mundo; por eso se dice que están llenas del furor de Dios, esto es, colmadas de la justicia divina que se va a manifestar plenamente. De ahí que las copas de oro sean a la vez símbolo de las oraciones de los santos —que motivan la intervención divina (cfr 5,8)— y de sus consecuencias: victoria del bien y castigo de los poderes del mal. Su contenido no se identifica propiamente con las plagas, sino con los efectos de la oración: la actuación de Dios que lleva consigo el consuelo —como un perfume— para los justos, y el castigo —el furor de Dios—, para los que siguen a la bestia, los que obran la iniquidad.

Las imágenes para expresar los castigos (16,1-16) se inspiran en las plagas de Egipto. Las cuatro primeras intervenciones se relacionan con elementos de la naturaleza (cfr 16,2-9 y 8,7-13), la quinta y la sexta con fuerzas o poderes que actúan en la historia (cfr 16,10-16 y 9,1-21). El nombre de Harmagedón significa en hebreo «la montaña de Meguiddo», lugar en que fue derrotado el rey Josías (cfr 2 R 23,29-30), y que se había convertido en símbolo de derrota para los ejércitos reunidos (cfr 12,11).

En medio de la profecía, el autor del Apocalipsis introduce una exhortación a la vigilancia y la fidelidad (16,15), semejante a la que dio en 3,1-3.18, ya que Dios, que puede vencer siempre, prefiere convencer, como se percibe en el mismo Salmo 2: «Ahora, reyes, entendedlo bien; dejaos instruir, los que juzgáis en la tierra…» (Sal 2,10).

El mal va en aumento. Los males son fruto del pecado, y la ira de Dios se manifiesta entregando a los hombres a las apetencias de sus corazones idólatras (cfr Rm 1,18-32). A medida que avanza la historia de la humanidad parece que va creciendo también la manifestación del pecado, cuyos efectos son las nuevas plagas que se ciernen sobre el mundo. «Es necesario añadir que en el horizonte de la civilización contemporánea —especialmente la más avanzada en sentido técnico–científico— los signos y señales de muerte han llegado a ser particularmente presentes y frecuentes. Baste pensar en la carrera armamentista y en el peligro, que la misma conlleva, de una autodestrucción nuclear. Por otra parte, se hace cada vez más patente a todos la grave situación de extensas regiones del planeta marcadas por la indigencia y el hambre que llevan a la muerte. Se trata de problemas que no son sólo económicos, sino también y ante todo éticos. Pero en el horizonte de nuestra época se vislumbran “signos de muerte” aún más sombríos; se ha difundido el uso —que en algunos lugares corre el riesgo de convertirse en institución— de quitar la vida a los seres humanos aun antes de su nacimiento, o también antes de que lleguen a la meta natural de la muerte» (S. Juan Pablo II, Dominum et Vivificantem, n. 57).

La acción simbólica de derramar la séptima y última copa en el aire (16,17-21) significa la universalidad de sus efectos, que alcanzan a toda la tierra. El carácter definitivo e irreversible queda proclamado por la voz celeste. El que esta voz salga del templo y del trono, expresa que Dios actúa movido por las oraciones de los santos.

Con la secuencia de la séptima copa se introduce la última escena del libro, en la que se describen los combates finales, la victoria de Cristo y la instauración completa de su reinado. Se presenta en tres cuadros: Primero la ramera (porné), o Babilonia (cfr 16,19; 17,5; 18,8.10.25), ya mencionada antes (cfr 14,8), y su juicio, condenación y destrucción por el fuego (cfr caps. 17-18). En el centro, la victoria de Cristo, el Cordero, «Señor de señores y rey de reyes» (17,14), con las alabanzas y descripción de sus combates (cfr caps. 19-20). Finalmente, el triunfo de la novia (nymphé) y esposa del Cordero (cfr 19,7), la Iglesia o Jerusalén celestial (cfr caps. 21-22).

La intervención de Dios se expresa mediante los fenómenos de la tormenta, como en la teofanía del Sinaí (cfr Ex 19,16) y en pasajes anteriores del Apocalipsis (cfr 4,5; 8,5; 11,9). Ahora estos fenómenos aparecen agudizados por un terremoto, acentuándose su novedad con las palabras del profeta Daniel: nunca los hubo en tan gran medida (cfr Dn 12,1). Se quiere significar así que la intervención de Dios llega a su punto culminante, conmoviéndose ante ella la tierra y el mar. Los enormes granizos —un talento equivalía a cuarenta kilogramos— recuerdan la séptima plaga de Egipto (cfr Ex 9,24) y representan el carácter del castigo. Sobre todo, se conmueve la gran ciudad, Roma, cuya sentencia de ruina ya está decretada (16,19).

Estos acontecimientos son la última llamada a la conversión; llamada inútil, pues los hombres, ante esos horrores, en vez de convertirse y volverse a Dios, blasfeman su nombre, enfurecidos ante tales desgracias (16,21).

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