COMENTARIO

 Ap 17,1-18 

La gran ramera es la ciudad de Roma, descrita como en enigma (v. 9) con imágenes que en el libro de Isaías se aplicaban a Tiro y Nínive (cfr Is 23,16-17; Na 3,4). Las muchas aguas, como se explica en v. 15, representan los pueblos sobre los que domina la gran ramera. Se le llama también Babilonia, por ser esta urbe el símbolo de las ciudades enemigas de Dios (v. 5; cfr Is 21,9; Jr 51,1-19), y prototipo de lujuria. La bestia, con sus cabezas y cuernos (v. 7), designa al Anticristo como encarnado en los emperadores que persiguen a la Iglesia. De ellos, el sexto (v. 10), el que vive cuando escribe San Juan, sería Domiciano (años 81-96), y los cinco primeros: Calígula (37-41), Claudio (41-54), Nerón (54-68), Vespasiano (69-79) y Tito (79-81); el séptimo sería Nerva (96-98). La bestia hace el número ocho, aunque el autor la identifica con uno de los siete (v. 11): probablemente con Nerón, que según una leyenda del tiempo iba a reaparecer. Los diez reyes (v. 12) simbolizan a los que Roma constituía reyes en las naciones conquistadas, quedando bajo el poder y el control del emperador.

En la imagen de la gran ramera (v. 1), y el poderoso influjo que ejerce, se ha visto también significada la lujuria. Así explica el pasaje, por ejemplo, San Juan de la Cruz: «Es de notar que dice se embriagaron. Porque por poco que se beba del vino de ese gozo, luego al punto se ase el corazón y embelesa y hace el daño de oscurecer la razón como a los ávidos de vino. Y es de manera que, si luego no se toma alguna triaca contra este veneno con que se eche fuera presto, peligro corre la vida del alma» (Subida al Monte Carmelo 3,22).

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