COMENTARIO

 Ap 18,1-24 

Se contempla la caída y ruina de Roma, según el uso profético de vaticinar un acontecimiento futuro como si ya hubiera ocurrido: se anuncia su caída (vv. 1-3), se exhorta al Pueblo de Dios a alejarse de ella y de sus depravaciones, causa de los castigos (vv. 4-8), y se describen los lamentos de los que colaboran con ella (vv. 9-17). Por último se manifiesta el gozo de cuantos sufrieron bajo su yugo y ahora contemplan la justicia de Dios (v. 20). Entre los pecados que se achacan a la gran ciudad y que han causado su ruina, figura el lujo desenfrenado (cfr vv. 7.12-14). Situaciones de esta clase conducen a la degradación y autodestrucción de una sociedad, como puede observarse en la historia de las civilizaciones y en nuestros días. El afán de consumismo y de poseer es, sin duda, una de las lacras de nuestra época. Ya lo denunciaba Pío XI al decir que «la gran enfermedad de la Edad Moderna, fuente principal de los males que todos deploramos, es la falta de reflexión, aquella efusión continua y verdaderamente febril hacia las cosas externas, esa inmoderada ansia de riquezas y placeres, que poco a poco debilita en los ánimos los más nobles ideales y los sumerge en las cosas terrenas y transitorias y no les permite levantarse a las consideraciones de las cosas eternas» (Mens nostra, n. 5).

En contraste con los lamentos anteriores (vv. 10.16.19) resalta en el v. 20 una invitación a la alegría y al gozo, cuya respuesta tenemos en 19,1-8, donde se narra cómo los elegidos entonan dichosos los cantos de alabanza al Señor Todopoderoso. El gesto de arrojar la gran piedra al mar (v. 21) tiene el carácter de acción profética, y procede de Jr 51,60-64, que vaticina de ese modo el hundimiento total de Babilonia. Como signo de gran desgracia lo encontramos también en Lc 17,2 y par.

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