COMENTARIO

 Ap 19,11-21 

La derrota de las fuerzas históricas del mal es presentada en orden inverso al de su aparición a lo largo del libro: en una primera fase son vencidos los reyes de la tierra (vv. 17-18), luego lo serán la bestia y el falso profeta (vv. 20-21; cfr 17,16-17).

La visión de Cristo glorioso y vencedor (vv. 11-16) es parecida a la que hay al comienzo del libro: fijándose en las diversas partes del cuerpo, aunque sin seguir un esquema rígido (cfr 1,5.12-16), lo identifica con el jinete que monta un caballo blanco, mencionado justamente al abrirse el primero de los siete sellos (cfr 6,2). «A través de toda la historia humana se extiende una dura batalla contra los poderes de las tinieblas que, iniciada ya desde el origen del mundo, durará hasta el último día según dice el Señor. Inserto en esta lucha, el hombre debe combatir continuamente para adherirse al bien, y no sin grandes trabajos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de lograr la unidad en sí mismo» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 37).

La circunstancia de ser arrojados vivos al fuego (v. 20) evoca una de las experiencias humanas más dolorosas e indica lo terrible de la situación final de los impíos. La eterna frustración y vaciedad acompañan su alejamiento de Dios. El tormento de los sentidos es terrible, pero mucho peor es perder a Dios. Por eso afirma San Juan Crisóstomo: «La pena del infierno es en verdad insufrible. Pero si alguno fuera capaz de imaginar diez mil infiernos, nada sería ese sufrimiento en comparación de la pena que produce haber perdido el cielo y ser rechazado por Cristo» (In Matthaeum 28).

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