COMENTARIO
Han sucumbido la ramera —Roma— (18,1-24) y la bestia con su falso profeta —los poderes perseguidores— (19,1-21); pero queda aún el dragón —Satanás— del que se habló en el cap. 12, y cuya derrota comporta el desenlace final del combate allí iniciado. La batalla entre Satanás y Dios viene presentada en dos momentos: en el primero, el Diablo es dominado y privado temporalmente de su poder (vv. 1-3); en el segundo, se narra su último ataque contra la Iglesia, y su destino final (20,7-10). Entre esos dos momentos se sitúa el reinado de Cristo y de los suyos durante mil años (vv. 4-6). En la antigüedad, algunos autores cristianos interpretaron al pie de la letra el pasaje y entendieron que ese reinado de Cristo se establecería en la historia antes de la llegada del fin del mundo. Otros, entre los que destaca San Agustín, comprendieron el sentido del texto en el sentido de que el reinado de mil años se refiere al tiempo que transcurre desde la Encarnación del Hijo de Dios hasta su venida al fin de los siglos, tiempo en el que la actividad del demonio está recortada y en cierto modo encadenada; aunque «quiere hacer daño, no puede porque este poder está bajo otro poder (…) ya que Quien da facultad al tentador, da también su misericordia al que es tentado. Ha limitado al diablo los permisos de tentar» (S. Agustín, De Sermone Domini in monte 2,9,34). «El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cfr Ap 13,8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cfr Ap 20,7-10) que hará descender desde el Cielo a su Esposa (cfr Ap 21,2-4). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (cfr Ap 20,12) después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (cfr 2 P 3,12-13)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 677).
La resurrección primera (v. 6) ha de entenderse de forma espiritual, aplicándola al Bautismo, que regenera al hombre y le da nueva vida, librándole del pecado y haciéndole hijo de Dios. La segunda resurrección es la que tendrá lugar al final de los tiempos, cuando el cuerpo recobre la vida, y el ser humano goce para siempre, en alma y cuerpo, de la dicha eterna. Los demás muertos de que se habla aquí son aquellos que no recibieron el Bautismo. También éstos resucitarán el último día para ser juzgados según sus obras.