COMENTARIO

 Ap 22,17-21 

La Esposa es la Iglesia que, en respuesta a la promesa de Cristo (cfr 22,12), ansía ardientemente y suplica la venida del Señor. La Iglesia ora movida por el Espíritu Santo, de tal forma que las voces de ambos se funden en una misma llamada. Se invita a cada cristiano a unirse a esa misma oración, y a encontrar en la Iglesia el don del Espíritu, simbolizado en el agua de la Vida (cfr 21,6), que hace gustar anticipadamente los bienes del Reino.

Cristo mismo responde a la súplica de la Iglesia y del Espíritu: «Sí, voy enseguida» (v. 20). La idea se repite siete veces a lo largo del libro (cfr 2,16; 3,11; 16,15; 22,7.12.17 y 20), indicando así la firmeza y seguridad de esa promesa. «Sostenidos por esta certeza, reanudamos la marcha por los caminos del mundo, sintiéndonos más unidos y solidarios entre nosotros y, al mismo tiempo, llevando en el corazón el deseo que se ha hecho más ardiente de comunicar a los hermanos, envueltos todavía en las sombras de la duda y del desconsuelo, el “gozoso anuncio” de que en el horizonte de su existencia ha surgido “la estrella radiante de la mañana” (Ap 22,16): el Redentor del hombre, Cristo Señor» (S. Juan Pablo II, Homilía 18-V-1980).

La esperanza cristiana no es vana, pues está fundada en la victoria de Cristo y prefigurada en la de la Mujer: «La victoria sobre el “príncipe de este mundo” (Jn 14,30) se adquirió de una vez por todas en la Hora en que Jesús se entregó libremente a la muerte para darnos su Vida. Es el juicio de este mundo, y el príncipe de este mundo ha sido “echado abajo” (Jn 12,31; Ap 12,11). “Él se lanza en persecución de la Mujer” (cfr Ap 12,13-16), pero no consigue alcanzarla: la nueva Eva, “llena de gracia” del Espíritu Santo es preservada del pecado y de la corrupción de la muerte (Concepción inmaculada y Asunción de la santísima Madre de Dios, María, siempre virgen). “Entonces, despechado contra la Mujer, se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos” (Ap 12,17). Por eso, el Espíritu y la Iglesia oran: “Ven, Señor Jesús” (Ap 22,17.20), ya que su Venida nos librará del Maligno» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2853).

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