Via Crucis - María Rosa Noda

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Texto del libro Recuerdos de la Cruz de María Rosa Noda

ESTACIÓN I: JESÚS ES CONDENADO A MUERTE

“Pilato, queriendo contentar a la muchedumbre, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de haberle hecho azotar, lo entregó para que fuera crucificado" (Mc XV, 15).

Estás cansado, agotado, desecho. Has pasado la peor noche de Tu vida. En la Ultima Cena no comiste casi nada. ¡Fue tanta la emoción! Ya tenías cerrada la boca del estómago por la angustia.

El Huerto fue lo peor: ese miedo sin consuelo. Saber lo que ibas a tener que aguantar. Sólo eso era como para enloquecer. Pero Tú luchaste con todas Tus fuerzas de Hombre para aceptar con entrega total lo que Tu Voluntad divina había decretado.

¿Qué pensaste en ese Huerto? ¿En mí? ¿Por qué quisiste morir por mí? ¿Es posible que me quieras tanto? ¿Te das cuenta que es una locura, morir Tú por mí? No hay sentido de la proporción. Pero... la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres.

¡Qué violencia Te tuviste que hacer para entregarte a las torturas que Te esperaban! ¡Con qué Amor nos fuiste mirando, una a una, a todas tus criaturas rebeldes, que necesitábamos tan desesperadamente ser perdonadas! Ahora ya has oído la sentencia. Casi no puedes estar de pie. Te tiemblan las rodillas. Tienes frío, hambre, sueño... No Te dejaron adormilarte ni un minuto. Estás desgreñado y sucio. Tienes la boca pastosa y amarga. La luz Te hiere los ojos. La cabeza Te va a estallar. No sabes qué dolor es peor: si el de las heridas en carne viva por los latigazos, o el de las espinas que te taladran el cráneo. No puedes más. Pero esto es sólo el principio. Es la primera estación.

ESTACIÓN II: JESUS ES CARGADO CON LA CRUZ

"Tomaron, pues, a Jesús; y Él, con la Cruz a cuestas, salió hacia el lugar llamado de la Calavera, en hebreo Gólgota... (Jn XIX, 16-17).

Tú lo quisiste, pero.... ¡cómo Te cuesta! Tienes que hacer un esfuerzo muy grande para no desmayarte, porque el estómago Te ha dado un vuelco, y las fuerzas Te faltan cada vez más. ¿Dónde estará Tu Madre? No has dejado de pensar en Ella desde anoche. ¿Resistirá tanto dolor? El ruido que arman los que Te rodean hace más lacerante el dolor de cabeza. Te late con fuerza, y cada latido es como un latigazo. ¡Por Amor, por Amor…!

Ya traen el leño, entre tres soldados. Así pesa. ¿A quién se le ha podido ocurrir que Tú seas capaz de cargarlo? ¡Si ya casi no Te sostienes en pie...! Pero Tú haces el esfuerzo. Eres tan fuerte, pero todo tiene su límite. Tú me dirías: "menos mi Amor". Es cierto. Si no fuera por ese loco Amor que nos tienes, que me tienes, no podrías soportarlo. ¿Qué sentiste cuando Te echaron encima el travesaño de la Cruz sobre las llagas de la espalda? ¿Cómo pudiste resistirlo?

Claro que Tú ya sabías que iba a pesar como tienen que pesar sobre el corazón de Dios los pecados del mundo entero. No sólo los míos, que no puedo ni contarlos, ni los del mundo en el que vivo, sino los de todos, todos, todos los seres humanos. Desde el primer pecado hasta el último. Desde Adán hasta mí. Te has hecho culpable de todo. Y ahora todo se está castigando en Ti. Si Tú no sufrieras esto por nosotros, nunca, Jesús, sabríamos lo que es el Amor.

Y, pensándolo, empiezas a arrastrar ese leño en el que Te van a matar. Pero así está decretado. Así tiene que ser, en esa lógica Tuya, tan distinta de la nuestra.

ESTACIÓN III: JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ

Era de esperar: no podías con ese peso. Sólo porque hiciste esfuerzos titánicos no Te caíste de rodillas cuando Te lo echaron sobre la espalda. Pero ahora desfalleces. Es un dolor total, sin orillas, como un mar que Te quiere ahogar. Y ahí estás, jadeante sobre las piedras. Sabes que todavía falta hacer más esfuerzos. ¡Sientes que ya no puedes! Pero... ¡tal vez sí puedes!

Los que observan, ven que hay un movimiento bajo el gran leño. El soldado más cercano Te apura, golpeándote con el pie. Estuviste rodeado de maldad, de indiferencia. ¿Cómo pueden los seres humanos llegar a tanta crueldad? ¿Y cómo puedo yo ser tan indiferente ante Tu Amor?

Pero Tú no piensas en nada más que en mí; Te has comprometido a sufrir para salvarme. Yo mismo no sé a ciencia cierta lo que supone estar para siempre lejos de Dios, pero Tú sí lo sabes. Y por pura lástima de mí, por ese Amor que no entiendo, haces otra vez el ánimo de seguir sufriendo, morir sufriendo, en vez de morir en esta tercera estación.

ESTACIÓN IV: JESÚS ENCUENTRA A SU SANTÍSIMA MADRE

Yo creo, Señor, que este fue el momento más amargo de todos los que tuviste que pasar. El corazón se Te rompió viendo la mirada de Tu Madre, que estaba despedazada. ¡Su Hijo amado! ¡El más bueno, el más inocente, el más noble! ¡Que es Dios! ¿Cómo puede soportar que lo traten así?

Desde la profecía de Simeón en el Templo, Ella estaba alerta y dispuesta. Sabía que su corazón sería traspasado por muchos dolores, pero... ¿cuándo? ¿De qué manera? ¿Sería la persecución de Herodes? ¿Matarían a su Recién Nacido? Más adelante, cuando Te le perdiste por tres días: ¿sería ahora? Cada día junto a Ti era un nuevo milagro. Pero ¿hasta cuándo? Tu Madre sabía que todo lo que guardaba en su corazón algún día se ordenaría hasta formar un cuadro perfecto, en el que cada instante tendría un sentido luminoso. Pero eso sería algún día, no ahora.

La cara de Tu Madre estaba bañada en lágrimas. La Tuya, además, estaba bañada en sangre. Los ojos, hinchados y adoloridos: los de Ella, de llorar. Los tuyos, de la fiebre y las terribles punzadas que te atormentaban. ¡Que Te viera así María, que era todo corazón! Si se conmovía con cualquier pequeño sufrimiento... ¿qué sentiría al verte deshecho, como un guiñapo? Los brazos, instintivamente, se alzaron para abrazarte. Pero los soldados, con un tirón de cuerdas, Te empujaron para que siguieras adelante. Se quedó así, con los brazos en alto, hasta que los dejó caer desfallecidos.

Fue el peor momento, para Ti y para Ella, porque recogía todo lo que había venido y lo que todavía estaba por venir. Para Ella fue el momento de la evidencia: había oído, helada de espanto, los gritos, los latigazos, la sentencia. Pero no Te había visto de cerca. Y al verte, al mirarte a los ojos abrasados, ¡"Fiat"! ¡Otra vez, "Fiat"!

Y ese "Fiat" suyo, en este momento límite, fue sin duda para Ti el instante único de consuelo en toda Tu Pasión.

ESTACION V: SIMÓN CIRINEO AYUDA A JESUS A LLEVAR LA CRUZ

"Cuando le llevaban echaron mano de un tal Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús" (Lc XXIII, 26).

Él no se lo esperaba. Si no, habría cogido otro camino. Pero al acercarse a Jerusalén se encontró con la comitiva, y el centurión se fijó en sus brazos fornidos. "Eh, tú, ¡coge la punta del leño!" No era compasión, sino sentido práctico. Pero Tú se lo agradeciste tanto como si Simón Te hubiera ido expresamente a buscar.

Fue muy breve el alivio, pero pudiste respirar un poco. Aunque ya no había en Ti nada sano: llagas que supuraban, el calor, las piedras clavadas en los pies, la cara hinchada, el terrible dolor de cabeza...

Trataste de girar el cuerpo hacia atrás, para dar una mirada agradecida y sonreír a Simón, pero casi no Te fue posible. Alguien tiraba con fuerza de la cuerda que Te habían amarrado al cuello. Se lo agradecerías de otro modo.

Simón se sintió como sobrecogido. No quería mezclarse con un condenado a muerte, pero al cargar el leño entendió que le pasaba algo… A los pocos pasos, las lágrimas le caían de los ojos, como si hubiera sido Tu amigo más íntimo.

ESTACIÓN VI: UNA PIADOSA MUJER LIMPIA EL ROSTRO DE JESÚS

Un hombre, Simón, Te prestó su fuerza. Esta mujer desconocida Te ofreció su delicadeza. Aprovechó un descuido de los soldados, se acercó a Ti y empezó a limpiarte la cara.

A ella si pudiste sonreírle, en medio de Tu angustia, porque Te salió al paso de frente. Le agradeciste tanto ese instante de frescor: un lienzo limpio sobre tu cara deformada, llena de sangre.

Fue sólo un segundo... Enseguida el dolor restallante. Y uno de los soldados la alejó con brusquedad de Tu lado. ¿Quién sería? ¿Te conocía? ¿Sabría ella, al alejarse, que llevaba consigo Tu imagen?

Jesús, ¿cómo se Te ocurrió ese detalle de cariño en medio de Tu dolor?

ESTACIÓN VII: JESUS CAE POR SEGUNDA VEZ

Sin la ayuda de Simón, Te habrías caído antes. Estabas llegando al límite de Tus fuerzas. Habías hecho un esfuerzo tan grande para seguir adelante, sobre todo después de ver a Tu Madre... Y pensabas en cada uno de nosotros, con nombre propio.

Era como un regateo de mercader: "No puedo pagar más; sí, un poco más. ¡No puedo más...! ¡Sí, por ellas puedo más! Por cada alma, ¡que lleva impresa la imagen de Mi Padre! Un poco más, ¡sólo un poco más!" Pero, a pesar de toda Tu buena voluntad, el peso del madero Te estrelló contra el suelo. Ahora sí que no Te podrías levantar...

Pero Simón alzó más el leño, a la indicación de un soldado. Por un instante, Tu espalda quedó casi libre: las llagas abiertas, llenas de pus, pegadas a la túnica. Esa túnica tan elegante, que Te había tejido Tu Madre, en horas más felices. Al caer, viste la tela sucia, y como un relámpago, el pensamiento volvió a irse a Ella: ¡que tenga fuerzas para resistir!

Tenías que levantarte. Ya no podías ver el camino. La hinchazón de la cara aumentó de repente con el tremendo golpe que Te diste al caer. Con las manos atadas, no pudiste hacer nada para evitarlo. Pero tenías que levantarte. ¡Tenías que hacerlo! Tenías que hacerlo por mí.

ESTACIÓN VIII: JESÚS CONSUELA A LAS HIJAS DE JERUSALEN

"Le seguía una gran multitud del pueblo y de mujeres, que lloraban y se lamentaban por Él. Jesús, volviéndose a ellas, les dijo: Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos; (...) si en el leño verde hacen esto, ¿qué se hará en el seco?" (Lc XXIII, 27-31).

Jesús, ¿de dónde sacaste fuerza para hablar a estas mujeres, al ver que lloraban por Ti? A Tu Madre no le pudiste decir nada. Le dijiste todo sin una palabra. Pero estas pobres mujeres se lamentaban al verte tan desecho, aunque sabían que estaba prohibido llorar por los condenados a muerte.

Tus palabras salieron lentas, roncas y entrecortadas: "No lloréis por Mí." Este es el precio que tenías que pagar, y lo pagabas con toda el alma. Si Tú no lo pagaras, ¿qué sería del leño seco?

Y volviste a pensar en todos esos leños secos y deformes, nosotros, que estabas rescatando con todo Tu dolor, con la ilusión de vernos después florecer bellamente en el jardín de Tu Padre. Pero eso sería después, después...

ESTACIÓN IX: JESÚS CAE POR TERCERA VEZ

Es el final. Parece ser el final, y los soldados apartan el madero a ver si todavía respiras. Sí, vives. Te falta mucho sufrimiento, según la medida que Te has fijado para demostrarme Tu Amor. Si murieras en esta tercera caída, para Ti sería todavía poco.

Pero ya no Te obedece Tu cuerpo. No puedes con él. Te arrastran hasta arriba, hasta la parte alta del monte donde Te van a matar. Todas las heridas se vuelven a abrir con ese raspar de las piedras. Te dejas llevar, sin una queja. La cabeza Te da vueltas, pero miras hacia arriba, a lo lejos, hacia el cielo. Tu Cielo, Tu casa. Nos quieres llevar hasta allí, cueste lo que cueste.

Tu corazón se va a Tu Padre, una y mil veces: "Por ellos, para salvarlos. Perdónalos. Necesitan ayuda. Acepta mi dolor... Ya ves que no puedo más, y todavía falta. Para esto nací. No dejas de oírme nunca: ¡sálvalos! Acéptalos de nuevo como hijos!, como a Mí"

La fiebre Te hace temblar. No sientes cuando Te dejan tirado como un fardo. Van a empezar a crucificarte.

ESTACIÓN X: JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS

"... Y se repartieron sus vestidos echando suertes" (Lc XXIII, 24).

Los soldados no van a desperdiciar Tus vestidos, y menos aún la túnica que, aunque está sucia y manchada de sangre, es de buena calidad, sin costuras que disminuyan su valor. Te la arrancan por la cabeza. La corona de espinas se mueve bruscamente y abre nuevas heridas, o hacen más profundas las que ya Te daban ese dolor terrible.

Llorando de dolor sentiste aquellas manos toscas, como garras, sobre Ti. Te dejaron sin nada, sin ninguna posesión terrena. Pero nadie Te podía quitar Tu Amor. Y, ¿sabes una cosa? ¡Tampoco te podrán quitar el mío!

ESTACIÓN XI: CRUCIFIXIÓN DE JESÚS

"Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí a él y a los ladrones, uno a la derecha y otro a la izquierda. Y Jesús decía: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen" (Lc XXIII, 34).

Al entrar el primer clavo en Tu muñeca y atravesar el nervio, perdiste el conocimiento. Fue sólo un momento, y volviste a despertar en aquel mar de dolor. Te dislocaron los huesos para clavar el otro brazo.

¿Cómo puede existir tanto dolor? Un dolor gigante, atronador, sin un respiro... Y todo porque Tú lo quisiste, porque pudiste evitarlo desde el primer momento. Se ve que querías que se me quedara muy grabado cuál era el precio de lo que estabas pagando, y cuál era Tu disposición de Amor hacia mí.

Al clavarte los pies quedaste en completa imposibilidad de respirar normalmente: ya no podías más que asfixiarte lentamente. Y así tres horas, ciento ochenta minutos, diez mil ochocientos segundos de tortura.

Estabas entre el cielo y la tierra. No veías más que bultos, sombras, a pesar de la terrible luz que Te hería los ojos. Tres horas para pensar en mí; para dar por bien empleado todo, con tal de que algún día yo supiera que Tú me amaste hasta dar la vida por mí, siendo Dios, siendo mi Creador, siendo el gran ofendido. Por mí. Tres horas de dolor, de Amor, para conquistar los corazones de piedra, que necesitan mucho fuego para derretirse.

ESTACIÓN XII: JESÚS MUERE EN LA CRUZ

"Era ya alrededor de la hora sexta, y las tinieblas cubrieron toda la tierra hasta la hora nona. Se oscureció el sol, y el velo del Templo se rasgó por medio. Y Jesús, clamando con una gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto, expiró" (Lc XXIII, 44-46).

Ya has hecho todo lo que tenías que hacer, has dicho todo lo que tenías que decir. Tus últimas frases estremecen: "Eloí, Eloí, ¿lemá sabacthaní?" (Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?). Todavía hay quienes se atreven a burlarse de Tus palabras. Y Tu Madre -ahora es también mía, ¡gracias!- los mira con asombro y con pena. ¿¡Cómo pueden...!?

Pero Tú ya los has perdonado, y también Ella. Tu cara se contrae, y después de un rato de jadeo entrecortado, das un fuerte grito, que retumba hasta el Cielo. Y sólo entonces inclinaste la cabeza. ¡Al fin has muerto! ¡Qué dolor, pero al fin has dejado de sufrir!

Nuestra Madre, Jesús, se ha pegado a la Cruz, y en este último momento el centurión le abre un espacio. Ella está casi desvanecida por el dolor, y Juan - aunque está desecho en lágrimas - se dedica a sostenerla para que no caiga. María Magdalena está como sonámbula, y se prende también al pie de la Cruz. El pelo larguísimo le tapa la cara. "¿Cómo has podido morir así, Jesús, mi Jesús, mi Maestro? ¿Por qué has querido morir así?"

ESTACIÓN XIII: JESÚS ES BAJADO DE LA CRUZ Y ENTREGADO A SU MADRE

"José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque ocultamente por temor a los judíos, rogó a Pilato que le dejara retirar el cuerpo de Jesús. Y Pilato se lo permitió" (Jn XIX, 38).

Las espinas punzan las manos de José y Nicodemo. ¡Cómo te habrán dolido! Juan quisiera ayudar, pero no puede dejar de sostener a Santa María, mi Madre, Tu Madre.

Te quitan la corona con cuidado, aunque ya no Te haga daño. Es tremendo desclavar Tu cuerpo inerte, y ponerlo en manos de Tu Madre, en los mismos brazos que Te mecieron. Es como una broma macabra, una bofetada. Pero Ella, Jesús, sólo sufre y acepta todo, sea lo que sea, venga lo que venga. Su dolor ya no puede aumentar: llegó a su límite. Sólo Te pasa sus dedos finos por la frente, como apartaba Tus suaves mechones de pelo cuando eras un niño.

Pero hay que apurarse. Ella se quedaría allí contigo para siempre, pero viene el sábado. Hay que apurarse. También en esto hay que obedecer la Ley del Señor.

ESTACIÓN XIV: ES SEPULTADO EL CUERPO DEL SEÑOR

"Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos, con los aromas, como es costumbre dar sepultura entre los judíos" (Jn XIX, 40).

¡Con cuánto agradecimiento recibió nuestra Madre, Jesús, la ayuda de José y de Nicodemo! Mirra y áloe para embalsamarte, un sepulcro nuevo... No Te quieren quitar de sus manos, Jesús, pero Ella ya está pronta a toda entrega, y acepta el último desgarramiento.

Han bajado Tu cuerpo con enorme cuidado y veneración; ese mismo cuerpo que, horas antes, sólo conoció el sufrimiento y los malos tratos. Pero ahora ya vuelve a estar entre los suyos. Y esos suyos ahora pueden llorar en paz: para Ti, terminó la agonía.

Nuestra Madre, Jesús, sabe bien que Tú resucitarás al tercer día. Pero, mientras Tú sufrías, esa esperanza se veía tan lejana. Cada minuto era un siglo. El tercer día parecía estar a millones de años.

Cuando cierran el sepulcro, se van despacio. No pueden pensar nada. Dan pasos como por inercia. El alma no ayuda. El alma se quedó a Tu lado, en el sepulcro.