3. PERSONALIDAD DE JEREMÍAS Y MARCO HISTÓRICO
Las enseñanzas del libro de Jeremías se reflejan antes que nada en la propia vida y personalidad del profeta, ya que sus actitudes personales y el modo con que respondió a su vocación cuando vivía entre su pueblo en momentos de profunda crisis religiosa y social tienen valor perenne.
Jeremías nació en Anatot, pequeña población del reino de Judá, al norte de Jerusalén, en territorio de la tribu de Benjamín25. Era de linaje sacerdotal y su actividad profética duró más de cuarenta años. El inicio de su ministerio se sitúa en el año trece del reinado de Josías, esto es, el 627 a.C. En una primera fase, durante el reinado de este rey, se dirige a la casa de Israel, que, si bien no existía como tal, permanecía en la añoranza y el recuerdo. Los oráculos que pertenecen a este periodo contienen denuncias de la apostasía y de la corrupción moral de sus conciudadanos, llamadas a la conversión y el anuncio de un severo escarmiento, debido al olvido de Dios por parte del pueblo. Cinco años después de su vocación, el 622, el rey Josías inició una importante reforma religiosa con el objetivo de que la vida del reino estuviese regida por la Ley de Dios. Se insistió en que sólo el Señor es Dios, así como en la necesidad de centralizar el culto en el Templo de Jerusalén. Aunque Jeremías debió de conocer esta reforma, en ningún momento del libro se alude a ella de modo explícito.
Cuando murió Josías y, tras el breve reinado de Joacaz, el rey Yoyaquim subió al trono el año 609. Con él se produjo un cambio de rumbo en la política religiosa del reino, pues el nuevo monarca no secundó las disposiciones reformadoras de Josías. En esa situación, mientras las infidelidades a la Ley de Dios y a la Alianza se multiplicaban, Jeremías estuvo predicando en Jerusalén. Lo más significativo de estos años fue su discurso en el Templo acerca de la corrupción del culto y la prisión que sufrió por ello. Aun así continúa su actividad por medio de su secretario Baruc. Es ésta una época en la que denuncia con su predicación los grandes pecados del pueblo: el culto externo y falso, la errónea seguridad religiosa, la idolatría y las injusticias sociales.
Poco después de la muerte de Yoyaquim, Nabucodonosor conquista Jerusalén el año 597, la somete a vasallaje, lleva cautivo al joven monarca Yoyaquín, que apenas había reinado unos meses, y a otros ciudadanos destacados, y deja como rey en la ciudad santa a Sedecías. Se abre así una nueva etapa en la vida de Jeremías. En esos momentos rechaza con fuerza la posición de los que habían permanecido en Judá, que juzgaban como impíos a los que habían sido deportados mientras afirmaban que ellos mismos eran los que se mantenían fieles. Entretanto, en su mayor parte los habitantes de Jerusalén seguían sin reconocer que cuanto estaba sucediendo era el castigo merecido por sus repetidas infidelidades a la Alianza, y continuaban empeñándose en sacudirse el yugo babilónico con sus propias fuerzas o con la ayuda de aliados extranjeros. En cambio, Jeremías les exhortaba insistentemente a que aceptaran la situación y se sometieran a Babilonia, a la vez que les urgía a una profunda conversión interior. Su predicación suscitó la enemistad de todos —pueblo, sacerdotes, profetas y reyes— por lo que el profeta fue recluido en prisión hasta que la ciudad cayó por segunda vez en manos de los babilonios, el año 587 a.C.
Tras la derrota definitiva, la captura de Sedecías y una nueva deportación, Jeremías permanece en Judá, donde Nabucodonosor había nombrado gobernador a Godolías. Poco después, Godolías es asesinado y, en la situación inestable que sigue a su muerte, muchos de los que habían permanecido en Judá huyen a Egipto, forzando a Jeremías a ir con ellos. Ahí terminan las noticias sobre su actividad profética, pasados más de cuarenta años desde que la había comenzado26.
Aunque buena parte de la vida de Jeremías transcurrió en Jerusalén y, como se deduce de su predicación impregnada de imágenes propias de la existencia al aire libre y de la vida ordinaria27, debió de ser un amante de la vida sencilla y corriente, el profeta se encontró con las fuertes exigencias de la llamada que le había hecho el Señor y la misión que le había encomendado. Desde el primer momento comprobó que su tarea no era fácil y que no tenía buena acogida entre la gente; experimentó que su actividad se convertía en ocasión de burlas y suscitaba enemistades, que le conducían a dolorosas y difíciles situaciones. Pero permaneció fiel. De alguna forma, las denominadas «confesiones»28 resumen la personalidad del profeta. En ellas abre su corazón al Señor con sinceridad y confianza, y expresa con fuerza sus problemas y padecimientos. Con crudas palabras expone su situación interior, sus dificultades y, a veces, sus desánimos, pero siempre da muestras de una fidelidad inquebrantable. En todo momento, por encima de las difíciles circunstancias concretas en las que tuvo que vivir y trabajar, el profeta de Anatot se mantuvo fiel a la misión que el Señor le había confiado.
4. ENSEÑANZA
Como ya se ha indicado, el libro de Jeremías está impregnado de la doctrina deuteronomista, que hunde sus raíces en la importancia del mensaje profético para la vida religiosa de Israel. Desde el relato de la vocación29 queda claro que la palabra del Señor, transmitida por boca de Jeremías, se cumplirá indefectiblemente, tanto si anuncia la destrucción como si proclama la salvación30. El profeta es el intérprete autorizado de la historia para mostrar la enseñanza religiosa que de ella se desprende. Jeremías insiste una y otra vez en que las desgracias que sobrevienen a Judá y el destierro son consecuencia inevitable de haber quebrantado la Alianza y que, por otra parte, la salvación y prosperidad que se esperan serán fruto del mismo Dios que es quien las otorga.
La Alianza
Jeremías, como los demás profetas, enseña que el Dios de Israel, el Señor, es el único Dios vivo y verdadero. Los otros dioses son ídolos, hechura de manos humanas, trozos inertes de madera, piedra o metal, incapaces de conceder ningún beneficio31. En cambio, el Señor es el hacedor de todo cuanto existe, de la tierra y de los cielos, del mar, de las nubes, del viento y de la lluvia32. Todo está sometido a su poder, y nada permanece oculto a su presencia33, ni siquiera las profundidades del corazón humano34. Conoce lo que sucede a su pueblo, no sólo en el presente o el pasado, sino también lo que le aguarda en el futuro35, y juzga con rectitud36.
Ahora bien, donde el profeta hace hincapié es en la Alianza, como cauce de la relación de Dios con su pueblo. De Oseas toma la imagen esponsal para mostrar el carácter amoroso de las relaciones de Dios con los suyos y desarrolla en lenguaje entrañable la predilección divina por Israel37, de quien se prendó con «cariño de juventud»38. También depende de Oseas al presentar a Dios enternecido por Israel como un padre por su hijo39. Y llega a idear una fórmula que indica con claridad el alcance afectivo más que jurídico de la Alianza: «Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo»40. Más que ningún otro profeta, Jeremías lamenta la ruptura de la Alianza por los pecados del pueblo, empleando también términos esponsales: «Lo mismo que traiciona una mujer a su amante, así me habéis traicionado, casa de Israel —oráculo del Señor—»41. Con profundo sentimiento anuncia el castigo y el destierro: «Yo me decía: “Esto no es más que un malestar, lo podré sobrellevar”. Mi tienda ha sido arrasada y todas mis cuerdas, rotas. Mis hijos se me han ido, no queda ninguno»42. Y con añoranza lamenta la falta de conversión: «Si vas a volver, Israel, —oráculo del Señor— vuélvete a Mí. Si quitas de mi presencia tus ídolos abominables, no andarás errante»43.
La carga afectiva de las relaciones con Dios aparece más claramente en la «confesiones», así llamadas porque recogen los sentimientos más íntimos del profeta. En ellas Jeremías llega a quejarse ante el Señor, como un hijo ante su padre, por los frutos escasos de su ministerio: «Ni he prestado, ni me han prestado, pero todos me maldicen. En verdad, Señor, ¿no te he servido con fidelidad?»44.
El «Libro de la consolación»45, que, como se ha indicado, marca el punto álgido de la enseñanza teológica de Jeremías, se centra en el anuncio de la Nueva Alianza: «Mirad que vienen días —oráculo del Señor— en que pactaré una nueva alianza con la casa de Israel y la casa de Judá. No será como la alianza que pacté con sus padres el día en que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto, porque ellos rompieron mi alianza, aunque Yo fuera su señor —oráculo del Señor—. Sino que ésta será la alianza que pactaré con la casa de Israel después de aquellos días —oráculo del Señor—: pondré mi Ley en su pecho y la escribiré en su corazón, y Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo»46. Con gozo se anuncia que cuando el hombre se convierte, Dios tendrá misericordia y lo salvará. No sólo eso, sino que establecerá una Nueva Alianza, que estará grabada en el corazón humano y permanecerá para siempre. No habrá ruptura ni castigo como en los tiempos antiguos.
La salvación
Jeremías era testigo de que la persistencia en el pecado y el olvido de Dios habían generado un corazón obstinado y rebelde47, en el que apenas había lugar para la esperanza de reaccionar y cambiar: parece que los pecados estuvieran grabados con estilete de hierro en el corazón48, tan agarrados que ni la lejía podría blanquearlos49, como no se puede cambiar el color de la piel del etíope50. La continua y constante infidelidad de Israel a la Alianza era la causa de tanta rebeldía51.
Tanto pecado conducía necesariamente al castigo y a la desgracia. Pero la última palabra de Dios no es la destrucción sino la restauración. En el libro de Jeremías hay muchos oráculos que anuncian la salvación definitiva. En efecto, los que fueron deportados por las diversas naciones se reunirán de nuevo y Dios los hará volver a su país52. Ese retorno no se referirá sólo a un desplazamiento geográfico, que sería poco importante; se ha de referir sobre todo a la conversión del corazón. No es fruto del esfuerzo ético del pueblo, sino un don gratuito de Dios, pues el Señor cambiará sus corazones e infundirá en ellos su temor para que permanezcan fieles a la Alianza definitiva53. Por eso, la Nueva Alianza que el Señor hará con su pueblo estará grabada de modo indeleble en sus corazones para que perdure siempre54.
En la nueva situación todo se habrá renovado: Judá será salvada, e Israel habitará en seguridad, y éste será el nombre con que llamen al Dios de Israel: «El Señor, nuestra justicia»55.
Esperanza mesiánica
Jeremías no anuncia directamente un descendiente de David para regir a Israel. Más bien será Dios mismo quien guíe y salve a su pueblo mediante nuevos pastores: los pastores de antaño han causado estragos, los nuevos obrarán la justicia: «Vosotros habéis dispersado mis ovejas, las habéis ahuyentado, no habéis cuidado de ellas. Mirad que Yo mismo me ocuparé de castigar la maldad de vuestras obras —oráculo del Señor—. Congregaré los restos de mis ovejas de todas las tierras adonde las expulsé, y las haré volver a sus pastos para que crezcan y se multipliquen. Pondré sobre ellas pastores que las apacienten, para que no teman más, ni se espanten, ni falte ninguna —oráculo del Señor—»56.
A pesar de todo, todavía hay en el libro de Jeremías algunos oráculos que pueden considerarse propios del mesianismo real: «Mirad que vienen días —oráculo del Señor—, en que suscitaré a David un brote justo, que rija como rey y sea prudente, y ejerza el derecho y la justicia en la tierra…»57. Aun así, en este oráculo el énfasis no se pone tanto en la monarquía, como en la herencia davídica que recibirá el futuro Mesías, un reino de justicia, de salvación y de paz.
En suma, Jeremías puede considerarse el último profeta que anuncia un Mesías descendiente de David, pero con un horizonte más amplio donde ya no será necesaria la presencia de un monarca, sino de un personaje que, heredando las mismas prerrogativas, ejerza con perfección y justicia sus funciones. Así pues, además de rey será el Salvador.
5. EL LIBRO DE JEREMÍAS A LA LUZ DEL NUEVO TESTAMENTO
Jeremías fue considerado en la tradición veterotestamentaria y el judaísmo posterior como uno de los grandes profetas de Israel58. Su nombre —como el de la mayoría de los profetas— apenas es mencionado en el Nuevo Testamento59, pero pasan de diez las citas explícitas de su libro y son muy numerosas las referencias implícitas. De todas formas, la principal relación entre el libro de Jeremías y el Nuevo Testamento se encuentra en la continuidad del anuncio hecho por el profeta de una Nueva Alianza entre Dios y su pueblo, y el testimonio dado por el Nuevo Testamento de que aquella Alianza se ha cumplido en Jesucristo. En efecto, después de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo, cuando los Apóstoles reflexionan sobre la salvación que Dios había ido preanunciando por los profetas y que se había obrado con los acontecimientos que acababan de presenciar, entienden que el momento anunciado por Jeremías había llegado; comprenden que la Nueva Alianza había sido sellada con la sangre de Jesús derramada en la cruz. Por eso, en los relatos de la institución de la Eucaristía transmitidos por los sinópticos y por San Pablo, se testimonia que Jesús «tomando el cáliz y habiendo dado gracias, se lo dio diciendo: “Bebed todos de él; porque ésta es mi sangre de la nueva alianza, que es derramada por muchos para remisión de los pecados”»60.
San Pablo, escribiendo a los corintios acerca de su ministerio apostólico, afirma que Dios «nos hizo idóneos para ser ministros de una nueva alianza, no de la letra, sino del Espíritu»61, dando a entender que el momento del que hablaba Jeremías ya ha llegado con Jesús. De modo análogo, en la Carta a los Hebreos se establece que Cristo es el mediador de una Nueva Alianza más excelente que la realizada por Moisés62. También se hace una comparación entre el sacerdocio de la antigua Alianza, que ofrece continuamente sacrificios que nunca pueden borrar los pecados, y el de la Nueva Alianza, capaz de proporcionar la remisión de los pecados63. Y si Jeremías anunciaba que la Ley de esta Nueva Alianza iba a estar escrita en el corazón, San Pablo enseña que esa nueva ley es la ley de la gracia del Espíritu Santo que habita en los corazones de los cristianos mediante la fe en Cristo64.
Por otra parte, la vida y enseñanza de Jeremías, comparada con los rasgos con que los Evangelios presentan a Jesús, hacen del profeta la figura más nítida de Cristo en todo el Antiguo Testamento. Cuando se observa, por ejemplo, la incomprensión sufrida por Jeremías desde los inicios de su predicación por parte de los hombres de Anatot, su ciudad natal65, se comprende mejor la exclamación de Jesús en Nazaret ante la reacción adversa de sus conciudadanos: «No hay profeta que no sea menospreciado en su tierra y en su casa»66. Además, Jesús muestra en otras ocasiones las mismas actitudes que Jeremías con relación a Jerusalén, el Templo, el culto, la Ley o los falsos profetas67, o recurre en su predicación a las mismas imágenes que empleó el profeta, como la de la higuera estéril o la fuente de agua viva68. Y tanto para Jeremías como para Jesús la fidelidad a su misión fue causa de incomprensiones y persecución.
Por eso, el profeta Jeremías ha sido visto por la Tradición cristiana como una figura de Jesucristo. Así lo afirma San Jerónimo de modo rotundo: «Hay consenso entre todas las Iglesias de que lo que se dice sobre la persona de Jeremías ha de entenderse de Cristo»69; y así lo confirma San Isidoro: «Jeremías fue figura de la pasión y muerte del Señor Salvador en sus palabras y sufrimientos»70. De ahí que en los comentarios de los Santos Padres y escritores eclesiásticos —entre los que destacan los de Orígenes, San Cirilo de Alejandría, San Jerónimo, Santo Tomás de Aquino, etc.—, además de comentarse y desarrollarse la doctrina de Jeremías que más influye en el Nuevo Testamento y en la cristología, se encuentran muchas referencias al profeta como fiel intérprete de la Palabra de Dios y como figura de Jesucristo.
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1 Jr 1,1-3. 2 Jr 1,4-10. 3 Jr 1,11-12. 4 Jr 1,13-19. 5 Jr 2,1-4,4. 6 Jr 4,5-10,25. 7 Jr 11,1-20,18. 8 Jr 21,1-25,38. 9 Jr 26,1-29,32. 10 Jr 30,1-33,26. 11 Jr 34,1-36,32. 12 Jr 37,1-44,30. 13 Jr 46,2-28. 14 Jr 47,1-7. 15 Jr 48,1-47. 16 Jr 49,1-6. 17 Jr 49,7-22. 18 Jr 49,23-27. 19 Jr 49,28-33. 20 Jr 49,34-39. 21 Jr 50,1-51,64. 22 Cfr 2 Re 24,18-25,30. 23 Jr 30,1-33,26. 24 Más en concreto, en los veinte primeros capítulos del libro. 25 Cfr Jr 1,1. 26 Según una tradición mencionada por vez primera por Tertuliano (Scorpiace 8), murió en Egipto, lapidado por sus propios conciudadanos. 27 Cfr Jr 1,11-12; 1,13-19; 8,7; 17,11; 17,8; 14,4-6; 2,13. 28 Cfr Jr 11,18-12,6; 15,10-21; 17,14-18; 18,18-23 y 20,7-18. 29 Jr 1,4-10. 30 Jr 1,10; 18,7-8. 31 Cfr Jr 2,27-28; 10,3-5. 32 Cfr Jr 10,12-13. 33 Cfr Jr 23,24. 34 Cfr Jr 12,3; 18,23. 35 Cfr Jr 29,10-14; 33,3. 36 Cfr Jr 11,10. 37 Jr 2,1-13. 38 Jr 2,2. 39 Jr 3,19; 31,20. 40 Jr 7,23; 11,4; 30,22. Ezequiel, más preocupado de la transcendencia divina, se queda en la primera parte de la fórmula: «Yo soy el Señor, vuestro Dios» (Ez 20,7.19.20; 34,31). 41 Jr 3,20. 42 Jr 10,19-20; cfr. 3,13.16.19. 43 Jr 4,1. 44 Jr 15,10-11. 45 Jr 30,1-33,26. 46 Jr 31,31-34. 47 Cfr Jr 5,23. 48 Cfr Jr17,1. 49 Cfr Jr 2,21-22. 50 Cfr Jr 13,23. 51 Cfr Jr 11,10. 52 Cfr Jr 16,14-15 = 23,7-8. 53 Cfr Jr 32,36-41. 54 Cfr Jr 31,33. 55 Jr 23,5-6. 56 Jr 23,2-4. 57 Jr 23,5-6; cfr. Jr 33,15-16; 22,4; 17,23. 58 Cfr Si 49,8-9. Se ha conservado una tradición sobre el consejo del profeta a los deportados en el segundo libro de los Macabeos (2 M 2,1- 12; 15,12-16). 59 Mt 2,17;16,14; 27,9. 60 Mt 26,27-28; cfr Mc 14,23-24; Lc 22,20; 1 Co 11,25. 61 2 Co 3,6. 62 Cfr Hb 8,6-13. 63 Cfr Hb 10,11-18. 64 Cfr Jr 31,31- 34 y Rm 8,1-13. 65 Cfr Jr 11,21. 66 Mt 13,57. 67 Jr 19 y Mt 23,38; Jr 7,1-15 y Mt 21,12-13; 24,1-2; 26,60.61; Jr 7,21-26; 11,15 y Mt 23,6.23-36; Jr 8,8-9 y Mt 14,3-6; 23,2-3; Jr 23 y Mt 7,15-20. 68 Jr 8,13 y Mt 21,18; Jr 2,12 y Jn 4,10-15; 7,37-38. 69 S. Jerónimo, Commentarii in Ieremiam 2,11. 70 S. Isidoro de Sevilla, Allegoriae quaedam 108.