COMENTARIO

 Gn 31,42 

Jacob, y antes Labán (cfr 31,29), declaran que el Dios que ha intervenido en favor de Jacob es el Dios de su padre, es decir, el Dios de Abrahán y el Dios de Isaac. Este mismo Dios es reconocido y puesto como testigo en el pacto posterior, tanto por Labán como por Jacob (cfr 31,53). Sin embargo, Jacob le invoca en ambos casos con un título peculiar, bastante misterioso, que podría significar «pariente» o «padrino», y que normalmente se traduce por «terror», «terrible», aludiendo a su poder y a su justicia en el castigo (cfr Sal 76). En el presente contexto queda reflejado que los diversos nombres aluden a la misma realidad del Dios Único, el que se manifestó a Abrahán; pero, al mismo tiempo, se deja entrever que los patriarcas le adoraban sobre todo como el «Dios del padre», es decir, un Dios personal que se había comunicado con sus antepasados y ahora lo hacía con ellos. Los patriarcas, por tanto, no comprendían a Dios como reflejo de fuerzas de la naturaleza, o vinculado sin más a lugares sagrados, sino que se referían a Él principalmente como un Dios personal, que se manifestaba a personas de distintas generaciones, en cualquier lugar en que se encontrasen (cfr nota a 26,15-33).

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