COMENTARIO
Tradicionalmente, Egipto, con su sistema de regadíos, era una fuente de recursos en períodos de hambre ocasionados, sin duda, por sequías en el Medio Oriente. Gracias a la gestión de José en aquellos momentos, Egipto no sólo es capaz de remediar el hambre de sus habitantes, sino que aparece como el proveedor de «todos los países», azotados por aquella terrible plaga. En ello podemos ver ya un indicio de cómo la providencia divina llega en aquellos momentos a todos los pueblos a través de un descendiente de Abrahán (cfr 12,3). Pero, a pesar de todo el progreso que ha experimentado la humanidad, la plaga del hambre sigue causando terribles estragos también en nuestro tiempo. Nadie, y menos un cristiano, puede permanecer insensible ante este hecho. De ahí que «habiendo como hay tantos hombres oprimidos actualmente por el hambre en el mundo, el sacro Concilio urge a todos, particulares y autoridades, a que, acordándose de aquella frase de los Padres: “Alimenta al que muere de hambre, porque, si no lo alimentas, lo asesinas”, según las propias posibilidades, comuniquen y ofrezcan sus bienes, ayudando principalmente a los pobres, tanto individuos como pueblos, para que puedan ayudarse por sí mismos y desarrollarse posteriormente» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 69).
El mismo faraón indica a los egipcios cómo pueden encontrar alimento: acudiendo a José. Él es el hombre providencial, puesto por Dios, para salvar en aquel momento no sólo a los egipcios, sino también a Jacob y a sus hijos, los antepasados del pueblo elegido del Antiguo Testamento. Puede verse una profunda analogía entre este José que proporciona alimento a Egipto e Israel, y aquel otro José, San José, el esposo de María, instrumento elegido por Dios para cuidar y alimentar a la Sagrada Familia, que también hubo de trasladarse a Egipto (cfr nota a 39,21-23). De ahí que aquellas palabras del faraón «Id a José» puedan ser aplicadas también a la invitación de recurrir a San José como intercesor para llegar a Jesús: «Si queréis un consejo que repito incansablemente desde hace muchos años, Ite ad Joseph, acudid a San José: él os enseñará caminos concretos y modos humanos de acercarnos a Jesús» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 38).