COMENTARIO
Los oferentes realizaban los actos relativos a la preparación de la víctima: entregarla mediante la imposición de manos, matarla y desollarla, trocearla y lavar lo que pudiera contener algo sucio o impuro, como las entrañas o las patas. Los sacerdotes eran los que colocaban la víctima sobre el altar, por haber recibido una consagración especial que los capacitaba para ejercer las funciones sagradas de la liturgia (cfr nota a Ex 29,1-9; Ez 44,11; Esd 6,20; etc.).
Con el derramamiento de sangre, rito muy utilizado en diversos tipos de sacrificios, se significaba el reconocimiento de la soberanía divina, pues la creencia popular consideraba la sangre como fuente y asiento de la vida cuyo origen estaba siempre en Dios (cfr 17,11; Dt 12,16.23). Por esta misma razón se prohibía comer la carne sin desangrarla primero (cfr Gn 9,4; Lv 3,17; 17,12; Hch 15,29); por ello, también el Antiguo Testamento advierte de la tremenda maldad del derramamiento de la sangre humana (cfr Gn 4,10; Ez 24,7-8; etc.).
El papel de la sangre es primordial en los ritos sacrificiales y también en los de Alianza (cfr Ex 24,8; Hb 9,18s.). Así, por ejemplo, en la Alianza del Sinaí, una parte de la sangre fue derramada sobre el altar y con el resto se roció al pueblo. Se indicaba de este modo la unión verificada mediante la Alianza, pues la misma sangre tocó a Dios, representado en el altar, y al pueblo allí presente. El rito eucarístico evoca, en cierto modo, esta realidad, aunque de modo sacramental y más elevado. Sobre todo porque ya no es la sangre de los animales, sino la del mismo Jesucristo la que hace posible la unión (comunión) entre Dios y los hombres.