COMENTARIO

 Lv 14,1-57 

En la antigüedad la lepra era incurable. Sin embargo, dado que había enfermedades de la piel que tenían síntomas parecidos, se dan aquí normas acerca de su purificación. Una vez curadas, era necesario el testimonio del sacerdote. Es lógico que así estuviera prescrito si tenemos en cuenta el carácter teocrático del pueblo de Israel, así como la persuasión de la intervención divina, tanto al contraer la enfermedad como al quedar libre de la misma. Nuestro Señor reconoce la legitimidad de esas normas, al decir a los leprosos curados por él que se presenten al sacerdote (cfr Lc 17,14).

El simbolismo del rito y de sus componentes es muy rico. Por una parte, el cedro era símbolo de la eternidad por su larga vida y por sus virtudes medicinales. El hisopo era considerado como una planta purificadora. El hilo color escarlata simbolizaba la sangre que, junto con el agua viva, no estancada, recordaba la vida misma. El pájaro que se echaba a volar recordaba la libertad que adquiría en aquel momento el leproso ya curado.

En lenguaje cultual un «décimo de flor de harina» equivale a un décimo de efah de flor de harina (cfr 5,11; 6,13), es decir, a un décimo de la capacidad de un recipiente de unos 21 litros (cfr nota a Ex 16,32-36). El log, que únicamente aparece en este capítulo, es una medida utilizada para el aceite del sacrificio. Tan solo se sabe que era muy pequeña, quizá 0,30 litros.

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