COMENTARIO
El mandato de no comer sangre es muy antiguo (cfr Gn 9,4). Se consideraba como una prevaricación contra el Señor (cfr 1 S 14,33ss.); pues se pensaba que en la sangre estaba la fuente de la vida (cfr nota a Lv 1,5-9) y que, por tanto, era algo sólo perteneciente a Dios. De ahí se derivaba también su valor expiatorio: la sangre vertida del animal sacrificado ocupaba el lugar del oferente, que de esa forma quedaba limpio de su pecado. Por otra parte, se evitaban así cultos paganos en los que a veces se bebía la sangre de un animal por creer que la vida de la víctima se transmitía al que tomaba la sangre.
Por el Nuevo Testamento consta que los judíos seguían fieles a esa práctica, aún después de convertirse al cristianismo. Incluso algunos se escandalizaban de que los cristianos que procedían de la gentilidad comieran la sangre. Para evitar ese escándalo, motivo de sufrimiento para algunos, en el Concilio de Jerusalén se dispone prudencialmente, con carácter temporal y mudable, que los cristianos se abstengan de comer sangre (cfr Hch 15,13ss.).
El valor purificatorio de la sangre se reconoce en la Carta a los Hebreos, en la que se destaca el valor redentor de la sangre de Cristo: «¡Cuánto más la sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo como víctima inmaculada a Dios, limpiará de las obras muertas nuestra conciencia para dar culto al Dios vivo!» (Hb 9,14).