COMENTARIO

 Lv 18,21 

Un caso que prevé la legislación levítica es el de los sacrificios de niños al dios cananeo Moloc. La arqueología ha confirmado esta horrorosa costumbre al hallar restos de esos sacrificios infantiles en la excavaciones de Gezer. En Jerusalén esos sacrificios tenían lugar en el valle de Ben-Hinnón (cfr 2 R 16,3; 21,6; 23,10; Jr 7,31; 19,5; etc.), execrado posteriormente con un quemadero permanente de basuras y llamado la Gehenna, símbolo por ello del fuego eterno del infierno (cfr Mt 5,22; 10,28; Mc 9,42-50; Lc 12,5; etc.).

Era necesario preservar al pueblo del influjo de los pueblos contemporáneos limítrofes, en los que se daban situaciones realmente inmorales, llegando en ocasiones a verdaderas perversiones sexuales, como eran la prostitución sagrada, la homosexualidad, el incesto y la bestialidad. En efecto, en Egipto era normal que el faraón se casara con su propia hermana, mientras que en Grecia las leyes de Solón permitían las uniones entre hermanos de padre. A pesar de estos preceptos, en alguna ocasión también Israel cae en esas abominaciones (cfr Gn 19,1-38; Jc 19,22; 2 S 13,14; etc.). La Iglesia primitiva condenó siempre esas uniones incestuosas (cfr 1 Co 5,1-8). Otro tanto hay que decir de los cultos a la diosa de la fecundidad Astarté, en los que se fomentaba también la prostitución de hombres. En tiempos del imperio romano se daban asimismo situaciones similares, como lamenta San Pablo cuando escribe a los fieles de Roma (cfr Rm 1,18ss.).

En cuanto a la homosexualidad, la Iglesia ratifica su calificación de pecado contra la naturaleza, aunque la tendencia homosexual en sí sea un desorden y no un pecado. Así se enfrenta abiertamente contra quienes pretenden considerar normales esas relaciones sexuales, que violan claramente el orden querido por Dios (cfr nota a Gn 19,4-5).

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