COMENTARIO
La entrada en la tierra prometida y su conquista podrían provocar en el pueblo elegido un envanecimiento absurdo, pensando que todo ello era consecuencia de su «justicia» (vv. 4 y 6), es decir, de su santidad (sobre la equivalencia de estos dos conceptos, cfr notas a 6,20-25; Mt 1,19; 5,6). De ahí que el autor sagrado les recuerde los verdaderos motivos: la maldad de los pueblos que habitan esas tierras —entregados a cultos idolátricos— y el amor misericordioso del Señor, que ha ido perdonando las numerosas infidelidades de Israel.
El profeta les recuerda su infidelidad más clamorosa: mientras Moisés recogía en el Horeb las tablas de la Alianza que Dios acababa de sellar con el pueblo israelita, ellos pecaban contra esa Alianza, fabricándose un ídolo (cfr Ex 32-34). El pecado del becerro de oro quedará grabado en la conciencia del pueblo elegido como uno de los acontecimientos más oprobiosos de la infidelidad de Israel. A él se referirán el protomártir San Esteban (Hch 7,39ss.) y San Pablo (1 Co 10,7). Sin embargo, Jeroboam (siglo X a.C.) repetirá la ignominia al erigir dos becerros de oro en Dan y Betel (cfr 1 R 12-13).
La penitencia de Moisés y su oración consiguen que Dios no descargue su ira sobre el pueblo. «Solamente la oración vence a Dios. (…) La oración perdona los delitos, aparta las tentaciones, extingue las persecuciones, (…) levanta a los caídos, sostiene a los que van a caer, apoya a los que están en pie» (Tertuliano, De oratione 29). En la Escritura se citará a Moisés como modelo de oración (cfr Sal 99,6; Jr 15,1; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2574).
El pasaje pone de manifiesto la grandeza de corazón y rectitud de intención de Moisés: aunque el Señor le ofrece llegar a ser una nación más poderosa (v. 14), él prefiere salvar a su pueblo.