COMENTARIO
Con pedagogía divina, el autor sagrado insiste en el amor de predilección que el Señor manifiesta por Israel: el Señor de cielos y tierra se ha «prendado» de ellos (v. 15; cfr 7,7). Resulta difícil describir con acentos más tiernos el amor de Dios por su pueblo (cfr nota a 7,7-16).
El corazón incircunciso (v. 16) es el corazón duro, insensible a las llamadas divinas, porque está encerrado en sí mismo. Es una imagen utilizada tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento (cfr, p.ej., 30,6; Jr 4,4; Hch 7,51; Rm 2,29). Esta circuncisión del corazón ha sido considerada en la tradición cristiana como figura del Bautismo: «Ahora los que son circuncisos de corazón, viven y se circuncidan nuevamente en el nuevo Jordán, que es el bautismo de la remisión de los pecados. (…) Jesús nuestro Salvador circuncidó por segunda vez con la circuncisión del corazón a todas las gentes que creyeron en Él y se purificaron en el bautismo. (…) Josué, hijo de Nun, hizo pasar al pueblo a la tierra prometida; Jesús, nuestro Salvador, prometió la tierra de la vida a todos los que estuvieran dispuestos a pasar el verdadero Jordán, creyeran y se dejaran circuncidar el prepucio de su corazón» (Afraates, Demonstrationes 11).