COMENTARIO
«Asamblea del Señor». Véase nota a 9,10.
La exclusión de los eunucos del pueblo elegido (v. 2) obedecería, según algunos autores, a su incompatibilidad con el orden natural querido por Dios y a su ineptitud para contribuir al crecimiento de Israel; para otros sería un modo de manifestar el rechazo a ciertas prácticas paganas: en algunos cultos se practicaban estas mutilaciones, y también en las cortes orientales en relación con los harenes —prácticas que imitarán algunos reyes de Israel (cfr, p.ej., 1 R 22,9; 2 R 8,6)—. El profeta Isaías revocará esta exclusión, hablando de la universalidad del Reino mesiánico (Is 56,3-5).
Aunque ninguno de esos pueblos (vv. 4-9) había ayudado a Israel durante el éxodo (cfr Dt 2,1-19 y notas correspondientes), sin embargo, los idumeos eran descendientes de Esaú, hermano de Jacob; y los egipcios acogieron a los israelitas hambrientos en los últimos años de Jacob.
Se recuerda una vez más la especial presencia de Yahwéh en medio de su pueblo (v. 15) y se señalan algunos hechos que, sin ser pecado, resultan inapropiados para la pulcritud y el respeto que exige esa presencia (vv. 10-14). También Cristo, explicaba San Cirilo de Alejandría, «habita y anda en nosotros, y cuando ve alguna cosa deshonesta e indecorosa se aparta de allí. (…) Pero si nos encuentra limpios y lavados, y libres de sucios afectos, entonces inhabitará prontamente, y nos librará de la mano de los enemigos» (Glaphyra in Deuteronomium 23,2-15).