COMENTARIO
Una vez establecido que la tierra de Canaán es propiedad de Israel, ya que la ha recibido como donación de Dios que ha cumplido la promesa hecha a sus padres, se deja constancia por escrito del reparto entre las tribus, enumerando los límites de cada heredad así como las ciudades que se incluyen en ella. Según se desprende de algunos breves comentarios incidentales, se trata de fijar los derechos sobre las tierras y poblaciones adjudicadas a cada tribu, más que de posesiones adquiridas de hecho. Así, cuando, pasado el tiempo, los israelitas regresen a su tierra desde la deportación de Babilonia tendrán un punto de referencia para reclamar la posesión del territorio de su familia.
Esta segunda parte del libro, de redacción sacerdotal, incluye los detalles de ese reparto. Se presenta en tres etapas. La primera ya había tenido lugar en las campiñas de Moab, y en ella Moisés había adjudicado las tierras de Transjordania a las tribus de Rubén, Gad y a media tribu de Manasés (13,1-33). La segunda fase del reparto se sitúa en Guilgal, y en ella se adjudican los territorios a las tribus más importantes: Judá, Efraím y el resto de la tribu de Manasés (14,1-17,17). En un tercer momento los israelitas se reúnen en Siló para distribuir el resto del territorio entre las demás tribus (18,1-19,51). Como colofón se enumeran las ciudades de refugio (cfr nota a 20,1-9) así como las asignadas a los levitas (20,1-21,45).
Cabe señalar el hecho de que la adjudicación de territorios se realiza en lugares ligados a santuarios, como Guilgal y Siló, y por sorteo. De este modo se expresa, una vez más, que la tierra no es propiedad adquirida por cada tribu con sus propios medios, sino que toda ella es de Dios, que la ha entregado a Israel. El modo establecido para realizar el reparto entre las tribus, el sorteo, no permite maniobras particulares para recibir lo que se desea, sino que deja en manos de Dios, único propietario, la adjudicación de los territorios que corresponden a cada uno.