COMENTARIO
La figura de Sansón permaneció entre las tradiciones de Israel como la de un hombre con una descomunal fuerza física. La venganza contra los filisteos al sentirse despechado por el padre de su mujer (15,1-8), su posterior victoria personal contra todos sus perseguidores (15,9-17) y el episodio de las puertas de Gaza (16,1-3) son testimonios elocuentes de su vigor. Por eso, las acciones de Sansón no están narradas para que sirvan de ejemplo, sino para manifestar la fuerza que Dios le había concedido para salvar a su pueblo (sobre la valoración moral de estas acciones, recuérdese lo indicado en la nota a 3,12-30). De nuevo, hay un matiz hiperbólico e irónico en los pormenores del relato; así, narra cómo Sansón se bastaba él solo para mantener a raya a los filisteos, incluso cuando éstos contaban con el beneplácito de los hombres de Judá (15,9ss.). Al mismo tiempo, no deja lugar a dudas de que la conducta de Sansón no es la de un israelita piadoso que agradece los dones de Dios, sino la de un hombre violento que sabedor de su fuerza la utiliza a su capricho. A propósito del carácter moral de éste y de otros relatos de la Biblia hay que recordar el aforismo de San Agustín: narrata, non laudata: «No hay más que un relato, no una alabanza de la misma [acción]. Convenía que el relato de algunas cosas incluyese el juicio de Dios y el de otras lo omitiese. Así, en los casos en los que se manifiesta el juicio de Dios al respecto, se instruye nuestra ignorancia; en los que se omite, o ejercitamos nuestro saber recordando lo que se aprendió en otro lugar, o sacudimos la pereza preguntando lo que aún no sabemos. Dios, que sabe sacar el bien hasta de las obras malas de los hombres, propagó de aquella semilla los pueblos que quiso, sin condenar su Escritura por los pecados de los hombres. Él reveló tales acciones, no las hizo; exhortó a guardarse de ellas, no las propuso a imitación» (S. Agustín, Contra Faustum 22,45).