COMENTARIO
Esta larga y dura narración, cuyo protagonista es un levita, cuenta los pormenores del crimen de Guibeá y las consecuencias que se siguieron para las tribus. El relato dista mucho de ser edificante, pero está narrado aquí como testimonio de la degradación moral a la que se había llegado. En todo el relato se presuponen unas relaciones de solidaridad entre las tribus, aunque aún no estuviesen unificadas en una estructura de gobierno estable como sucedería en la monarquía. Consecuencia de estos lazos son las exigencias de hospitalidad que cabía esperar.
El texto sagrado presenta un fuerte contraste entre la hospitalidad que el levita encontró en Belén de Judá (19,3-9) y la agresión de los hombres de Guibeá, en territorio de Benjamín (19,14-28). La escena de los hombres de Guibeá solicitando al levita que se hospedaba en casa del anciano de Efraím recuerda a la de los habitantes de Sodoma alrededor de la casa de Lot (cfr Gn 19,1-14). Algunos israelitas incurrieron en las mismas abominaciones que los gentiles más perversos, y acabaron maltratando hasta la muerte a la concubina del levita. La corrupción del sentido moral había llegado a tal punto, que los benjaminitas en vez de castigar a los culpables se organizaron para defenderlos.
En virtud de la solidaridad entre las tribus el levita reclama la atención de todos ante la abominación cometida (19,29-30), y todas las demás tribus se unen para castigar la infamia cometida por los benjaminitas (20,1-17).
La expresión «hijos de Belial» (20,13) es sinónima de «malvados» o «hijos de la iniquidad» (cfr nota a 1 R 21,5-16).