COMENTARIO
Al trasladar el Arca desde Baalá, una aldea fronteriza con los filisteos (cfr 1 S 4,1-7,1), hasta Jerusalén, David confiere a esta ciudad la categoría de capital religiosa: en adelante, será la Ciudad Santa bendecida por la presencia del Señor. La narración refleja la solemnidad del traslado, una procesión litúrgica como canta el Salmo 132, y, en las tres partes de que consta, contiene detalles cargados de enseñanzas.
La primera etapa del traslado del Arca (vv. 1-11) fue interrumpida por la muerte de Uzá, hijo de Abinadab. Es probable que este episodio sorprendente refleje el predominio de una familia sacerdotal, la de Abiatar (cfr 1 S 22,20-23; 2 S 15,27-29) y la desaparición de los descendientes de Abinadab por alguna razón que se nos escapa; pero, sobre todo, muestra el respeto y la veneración que merece el Arca como símbolo de la presencia de Dios entre los suyos. Sólo los encargados pueden tocarla. El propio rey duda si es correcto llevarla hasta Jerusalén, y es el Señor mismo quien, al bendecir la casa de Obededom, promueve el traslado definitivo.
La procesión con el Arca hasta el interior de la Ciudad Santa (vv. 12-15) (segunda etapa) está narrada cuidadosamente: David mismo, como rey de Jerusalén, asume las funciones sacerdotales y promueve el júbilo ritual de todo el pueblo. Los Santos Padres han visto en el Arca una figura de la Santísima Virgen. Así el traslado del Arca sería figura de la visita de María a su pariente Isabel (cfr Lc 1,39-45), y la danza de David, figura del Bautista, alegre en el vientre materno ante la Virgen María gestante de Jesús: «El profeta David danzó ante el arca; pero ¿qué es el arca si no habláramos de Santa María? Pues el arca encerraba las tablas del testamento, María gestaba al heredero del testamento; el arca llevaba la Ley, María el Evangelio; el arca portaba la voz de Dios, María al Verbo; el arca brillaba por dentro y por fuera con el resplandor del oro, María brillaba por dentro y por fuera con el resplandor de la virginidad; el arca estaba adornada con oro terrenal, María con oro celestial» (S. Máximo de Turín, Sermones 42,5). Ver también nota a 1 Cro 15,1-24.
Finalmente, la última escena recoge la incomprensión de Mical (vv. 16-23): además de realzar, por contraste, la piedad decidida y sincera de David hacia el Arca, el rechazo de Mical tiene un marcado carácter político de cambio de dinastía. En efecto, el rey David tendrá muchos descendientes que más tarde se disputarán el trono, pero ninguno será de la estirpe de Saúl. La sentencia contra Mical, su primera esposa, viene a ser el punto final a la descendencia de Saúl.