COMENTARIO

 2 S 21,1-14 

La muerte de todos los descendientes de Saúl está narrada con finalidad pedagógica más que con fidelidad cronológica. De hecho, los tres años de hambre y carestía (v. 1) debieron de causar severos estragos en la economía del pueblo. Pero el autor sagrado no los describe, sino que se limita a dejar constancia de que David ha sido elegido por el Señor mientras que la familia de Saúl ha sido rechazada; David se encuentra en la necesidad de decretar la muerte de los hijos de Saúl (v. 6), no por odio, sino en cumplimiento de una «ley de solidaridad» que resulta extraña a la mentalidad moderna, pero que entonces obligaba al monarca. Diríamos que, por fidelidad al designio divino, David tiene la obligación de entregar a todos los descendientes de Saúl para que sean ejecutados por los gabaonitas, que eran extranjeros. Probablemente el número de siete (v. 6) tiene carácter simbólico para expresar que la ejecución de esos siete estaban incluidos todos los de la familia de Saúl.

Como demostración de que David no obró movido por afán de venganza, él mismo se encargará de dar sepultura a los familiares difuntos de Saúl con todos los honores, dando así cumplimiento a una exigencia religiosa: «Dios se mostró aplacado con la región» (v. 14). Y, a pesar de la dureza de la decisión, el propio David salva la vida del hijo de Jonatán, Meribaal, tal como había jurado (cfr nota a 9,1-13).

La conducta de Rispá al velar los cadáveres de sus hijos para que las alimañas o las aves no se acercaran a ellos es alabada sin paliativos. Para los israelitas era una ignominia no dar sepultura a los difuntos, como lo era también para los pueblos vecinos; recuérdese Antígona de Sófocles, el episodio de Guilgamés, el de Palinuro en la Eneida, etc. La Iglesia Católica muestra la misma actitud de respeto hacia los muertos y enseña que «los cuerpos de los difuntos deben ser tratados con respeto y caridad en la fe y la esperanza de la resurrección. Enterrar a los muertos es una obra de misericordia corporal, que honra a los hijos de Dios, templos del Espíritu Santo. (…) La Iglesia permite la incineración cuando con ella no se cuestiona la fe en la resurrección del cuerpo (cfr CIC, can. 1176,3)» (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2300-2301; cfr Tb 1,3-22).

En realidad, el relato, a pesar de su dramatismo, contiene y resalta los detalles de piedad de una madre dolorida, que conmueven al propio rey David.

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