COMENTARIO
El relato del censo tiene muchos elementos que evocan la muerte de los descendientes de Saúl (cfr 21,1-14): allí hubo tres años de sequía, aquí tres días de peste; aquella tragedia fue causada por un pecado de Saúl, ésta por un pecado de David; en aquella ocasión el Señor quedó aplacado cuando David enterró piadosamente a Saúl y a su familia, es decir, cuando se dio fin a una etapa de la historia de Israel (cfr 21,14); ahora el mismo efecto se atribuye a los sacrificios ofrecidos por David en el nuevo altar de Jerusalén, es decir, cuando se inicia una nueva y prometedora etapa para el pueblo escogido (v. 25).
El comienzo del relato es sorprendente pues anticipa el desenlace, esto es, la cólera divina y el castigo, y también explica las circunstancias del delito, señalando que es el Señor quien incita a cometerlo (v. 1). En la mentalidad de entonces se atribuye a Dios todo lo que acontece entre los hombres, incluidos los desastres naturales como la peste, la cólera divina y la incitación al pecado; son antropomorfismos que ponen de relieve la gravedad del delito. El censo es un pecado tan enorme que parece ideado por un ser sobrenatural (1 Cro 21,1 lo denomina «Satán») y cuyas consecuencias sólo el mismo Dios puede evitar o paliar.
Conocer el número de los miembros del pueblo (v. 2) equivalía a dominarlos y a aprovecharse de ellos, unas veces con impuestos y otras utilizándolos como soldados o como esclavos en las obras del rey. El pueblo de Israel es posesión exclusiva de Dios y sólo a Él está sometido. Cuando la Ley permitía el censo, cada uno de los censados debía pagar un rescate parecido al que se pagaba cuando se rescataba a un primogénito (cfr nota a Ex 30,11-16), indicando que de algún modo pasaban del dominio de Dios al del rey.