COMENTARIO
La actividad de Eliseo se sitúa ahora en un contexto muy diferente al del capítulo anterior. Se trata de la guerra entre Israel y Siria que, a pesar del milagro en favor de Naamán narrado en el capítulo 5, sigue siendo una constante. Eliseo está de parte de Israel. No sólo predice las victorias y derrotas, como era habitual en los profetas (cfr 3,15-19), sino que da muestras de poseer un conocimiento sobrehumano de las cosas secretas, ya hayan sido éstas planeadas por el rey de Siria, ya estén en los planes de Dios. El autor sagrado recuerda dos sucesos que, sin duda, eran populares y resaltaban los poderes extraordinarios del profeta (6,8-23 y 6,24-7,20). En ambos casos Dios salva a través de Eliseo, tal como indica la etimología de su nombre (cfr nota a 1 R 19,19-21), alterando las sensaciones visuales o auditivas de los personajes.
Al presentar este nuevo milagro de Eliseo no se dan los nombres de los reyes porque en realidad no interesan para la historia que se cuenta. Pero siguen siendo Ben-Hadad II y Joram. Lo que sí interesa al narrador inspirado es mostrar los dones que Dios ha concedido a Eliseo, y cómo mediante la oración y la acción de éste, Dios cambia las situaciones: los que se habían emboscado contra el rey de Israel (v. 9), acaban siendo ellos mismos víctimas de otra emboscada por la acción del profeta (v. 20).
Dotán estaba a 15 km al norte de Samaría, y la fama de Eliseo se había extendido por Siria (cfr cap. 5). Al gran contingente militar enviado por el rey de Siria para apresar al profeta se contrapone otro contingente mayor dispuesto por Dios y que es invisible para el hombre (v. 17). El profeta sabe que Dios vela por él. Dios atiende su oración y los ojos de su criado se abren para ver realidades celestes de forma que se fortalezca su confianza en Dios y en el profeta. De manera semejante Dios atiende la plegaria para que se cierren los ojos de los soldados y no vean ni la realidad terrena, cayendo así en la trampa (v. 18). Dios es quien, a petición del profeta, da la luz o la oscuridad. Los caballos y carros de fuego simbolizan el poder divino (cfr nota a 2,1-12).
La escena final (vv. 21-23) refleja el respeto del rey hacia el profeta, y, sobre todo, la forma de actuar de éste: no busca la solución mediante la violencia, sino con la magnanimidad y buen trato de los prisioneros. En el horizonte cristiano esta actitud del profeta se ilumina con el mandato de Cristo de buscar la paz (cfr Mt 5,9; Jn 14,27; etc.), pero no a través de la violencia, sino por el camino del amor y el esfuerzo por vencer las propias pasiones.