COMENTARIO
La pequeña fuente del sueño de Mardoqueo «creció hasta hacerse un gran río, cuyo enorme caudal se desbordó» (1,1h). Como ya se indicó (cfr nota a 2,1-18), esa fuente representa a Ester. Gozaba del favor de Dios y creció hasta ser admitida en el aula real. Ahora, apoyada en su oración y en la plegaria de su pueblo, llega el momento de que su acción benéfica se desborde.
A diferencia de los demás añadidos griegos en otras partes del libro, en este caso (vv. 2a-p) el texto griego no es una adición que completa el texto hebreo (vv. 1-2), sino que lo integra y lo desarrolla con mucho más dramatismo y detalle. Siguiendo a la Neovulgata, dejamos los dos textos, aunque con ello se siga cierta repetición de la escena.
Lo que constituye la clave para entender el pasaje es que Dios «mudó en dulzura el ánimo del rey» (v. 2g). Queda claro que la intervención de Dios es ya una respuesta a la oración de Ester. San Agustín, viendo en este relato el cumplimiento de las palabras de Ester en 4,17gg, reflexiona sobre la eficacia de la oración para que Dios mueva los corazones de la criatura humana: «¿Para qué habría dirigido esta oración a Dios, si Dios no moviera la voluntad en el corazón de los hombres? Pero podría ser que esta mujer hubiese orado en vano. Veamos si se trató de una vana aspiración de quien oraba, y por eso no tuvo efecto su petición. Pues resulta que se dirigió hacia el rey. No nos extenderemos: puesto que, impulsada por tan gran necesidad, se presentó ante él al margen de lo previsto, él la miró, como está escrito, como un toro enfurecido. La reina se llenó de miedo y se demudó su semblante y apoyó su delicada cabeza sobre quien la precedía. Y el Señor lo cambió, y transformó su indignación en dulzura. Para qué recordar lo que sigue, pues la Escritura testifica que Dios cumplió lo que ella le había pedido moviendo la voluntad en el corazón del rey, de modo que dio orden de que se hiciera lo que la reina le había pedido» (S. Agustín, Contra duas epistolas pelagianorum 1,20,38).