COMENTARIO

 Est 9,1-19a 

Al final de su sueño Mardoqueo había visto que «los humildes se alzaron y devoraron a los soberbios» (1,1i). Las cartas con los decretos llegan a tiempo a su destino, y el que había de ser para ellos día de llanto se torna en día de gloria. En el relato se exagera el número de las víctimas.

Dentro de la crudeza de la escena se justifica que los judíos actuaron para defenderse y no se aprovecharon de su victoria para enriquecerse; por eso no se apropiaron de las posesiones de sus víctimas (cfr vv. 10.15.16). Este detalle es significativo si se tiene en cuenta que en el trasfondo de la lucha está la batalla entre Saúl y Agag (cfr nota a 3,1-6); en aquella batalla Saúl y sus hombres se quedaron con el botín y por eso fueron rechazados por Dios (cfr 1 S 15,7-23); pero ahora los miembros del pueblo de Dios se guardan mucho de hacerlo. De este modo se marca también el contraste entre ellos y sus enemigos: Amán calculaba obtener del saqueo de los judíos una suma enorme de dinero, diez mil talentos de plata (un talento de plata podía ser equivalente al salario de un trabajador durante todo un año), que se quedaría para sí mismo con el beneplácito del rey (cfr 3,9-11). En cambio, los judíos no se quedaron con nada.

Así como el Señor había manifestado su poder en favor de su pueblo en otras ocasiones, también ahora les proporciona una victoria sonada sobre sus perseguidores. Se hace realidad, una vez más, que «el Señor salva a los justos, Él es su refugio en tiempo de angustia; el Señor los socorre y los libera, los libra de los impíos y los salva, porque en Él buscaron refugio» (Sal 37,39-40). Y por eso Ester es alabada: «Ester, la perfecta por su fe, para salvar a las doce tribus de Israel que iban a ser aniquiladas (…), por su ayuno y humillación suplicó al Señor que todo lo ve, al Dios de los siglos, que viendo la humildad de su alma, libró al pueblo por el que ella se había arriesgado» (S. Clemente Romano, Ad Corinthios 55,6).

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