COMENTARIO

 2 M 5,1-27 

Por 1 M 1,16-24 y Dn 11,25-31 sabemos que Antíoco Epífanes hizo dos expediciones a Egipto. La primera en el año 169 a.C., que le fue favorable; a la vuelta hacia Antioquía saqueó el Templo de Jerusalén (cfr 1 M 1,16-24; Dn 11,25-28). La segunda en el año 168 a.C., cuando los romanos le obligaron a retirarse. Después de ésta es cuando cometió las mayores atrocidades en la Ciudad Santa. Al poco tiempo, el año 167 a.C., mandó poner en el Templo de Jerusalén la estatua de Zeus Olímpico (cfr 6,1-2; 1 M 1,29-64; Dn 11,29-31). El autor de 2 M resume el saqueo del Templo y las atrocidades de Antíoco tras la segunda expedición. Ya había advertido al lector que no pretendía contar con exactitud los hechos (cfr 2,28). Lo que pretende sobre todo es mostrar sus causas profundas y su explicación. Para ello narra primero una manifestación celeste que anuncia la desgracia (vv. 2-4; cfr 2,21); después se fija de nuevo en el pecado del pueblo, es decir, en la guerra intestina en Jerusalén, consecuencia de la avaricia de Jasón y causa inmediata de la intervención de Antíoco (vv. 5-10); y, finalmente, describe los horrores de la actuación de Antíoco (vv. 11-26), haciendo una alusión a Judas Macabeo como puerta a la esperanza (v. 27).

La manifestación celeste (v. 2-4), descrita con recursos literarios de la época (cfr 3,25), tiene el carácter de un presagio popular. La muerte de Jasón es narrada poniendo una vez más de relieve que los malvados pagan el precio de su propio pecado (vv. 9-10; cfr nota a 4,39-50). El saqueo del Templo fue posible porque Dios había abandonado el Santuario debido a los pecados del pueblo (vv. 18-20). Los que apoyaban la implantación griega sufren sus consecuencias (vv. 22-26; cfr 4,16).

La frase del v. 19 expresa que lo que realmente cuenta para Dios es el pueblo elegido y en función de ese pueblo y para su bien, Dios había elegido habitar en aquel Santuario.

Cuando el pueblo, o mejor, los sumos sacerdotes y sus secuaces, rechazan a Dios, Dios rompe la relación especial que había establecido con él mediante su presencia en el Santuario, y buscará otra forma nueva de relacionarse con su pueblo. Las instituciones religiosas, por tanto, están al servicio del hombre y de su relación con Dios: no tienen carácter absoluto. Así lo proclamará nuestro Señor Jesucristo a propósito del sábado utilizando una frase paralela a la del v. 19: «El sábado fue hecho para el hombre y no el hombre para el sábado» (Mc 2,27). Con ello Jesús indica que Él, como enviado del Padre, es el camino de una nueva relación con Dios; es, por tanto, «Señor del sábado». El sábado instituido por Dios al comienzo del mundo como expresión de su poder creador y de su amor al hombre (Gn 2,1-3), lo mismo que el Santuario en el que puso su gloria, han dejado paso a la definitiva manifestación del poder y del amor de Dios, así como a su nueva presencia entre los hombres a través de Jesucristo. Para el lector cristiano de 2 M, aquella dolorosa profanación del Templo de Jerusalén era un signo de que la presencia de Dios en medio de los hombres no estaba necesariamente vinculada a aquel lugar y a aquella institución. Así lo manifiesta el mismo autor inspirado de 2 M.

Sobre el «misarca» (v. 24) ver nota a 1 M 1,29.

Volver a 2 M 5,1-27