COMENTARIO
En esta última sección introductoria culmina el mensaje que transmite el libro. Se había comenzado por establecer que toda sabiduría procede del Señor (1,1-2,23). Después se hizo notar que la observación y el estudio de la naturaleza es camino para buscar la sabiduría, pues se manifiesta en las normas que el Creador ha marcado a sus criaturas (16,24-18,14). Por eso, en la tercera parte, se dice que quien desea la sabiduría debe guardar los mandamientos (24,1-47), esto es, ahondar en el «temor del Señor», en el que se centraba la cuarta parte (32,18-33,18). Ahora se ensalza la gloria de Dios, que crea y gobierna el mundo. La afirmación de que «por la palabra del Señor existen sus obras» (42,15) alude sin duda al primer capítulo del Génesis en que se narra cómo Dios fue creando y separando sus obras por medio de su palabra, pero también prepara el camino para la comprensión de la Palabra de Dios hecha carne, tal como se enseña sobre Jesucristo en el Nuevo Testamento. San Juan en el prólogo a su evangelio proclama que «todo se hizo por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho» (Jn 1,3; véase nota a 1,1-2,23). Así, la Revelación de Dios alcanzó su punto culminante en su Hijo encarnado: «En diversos momentos y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas. En estos últimos días nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien instituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo también el universo» (Hb 1,1-2).
Al meditar sobre la gloria de Dios manifestada en la creación, Ben Sirac comienza por ponderar la sabiduría y ciencia divina (42,15-25), para seguir mostrando que los cuerpos celestes manifiestan la gloria divina: el sol (43,1-5), la luna (43,6-9), las estrellas (43,10-11) y el arco iris (43,12-13). Más adelante se glosa el poder de Dios sobre los elementos de la naturaleza —nieve, rayos, nubes, granizo, truenos, viento, escarcha, etc.—, (43,14-28). Por último se pondera la grandeza de Dios sobre todo cuanto existe y se invita a adorarlo como se merece (43,29-36), pues «el Señor creó todas las cosas, y entregó a los piadosos la sabiduría» (43,37).
«Dios es infinitamente más grande que todas sus obras (cfr Si 43,30): “Su majestad es más alta que los cielos” (Sal 8,2), “su grandeza no tiene medida” (Sal 145,3). Pero porque es el Creador soberano y libre, causa primera de todo lo que existe, está presente en lo más íntimo de sus criaturas: “En el vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28). Según las palabras de S. Agustín, Dios es superior summo meo et interior intimo meo (“Dios está por encima de lo más alto que hay en mí y está en lo más hondo de mi intimidad”) (Conf. 3,6,11)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 300).