COMENTARIO

 Is 29,1-14 

Con «¡Ay Ariel, Ariel!» comienza la segunda lamentación. Se dirige a Jerusalén, designada con un nombre simbólico que también se daba a la parte superior del altar de los holocaustos en el Templo (cfr Ez 43,15; ver nota a Ez 43,13-17). El oráculo hace referencia al asedio de la ciudad santa por las tropas asirias el año 701 a.C. (vv. 1-4), del que pocos meses más tarde sería librada misteriosamente (vv. 5-8). Sin embargo, todo eso no es más que una llamada de atención contra el endurecimiento de los corazones de los habitantes de Jerusalén, que les impide entender las palabras del Señor. Se fustiga la ceguera de Jerusalén para «leer» lo que Dios está escribiendo en los acontecimientos (vv. 9-12). Se termina, con la denuncia de la religión formalista, exterior, «con la boca», mientras el corazón está alejado del Señor (vv. 13-14).

La dureza de corazón o resistencia a entender la acción del Señor en los acontecimientos, escudándose en una religiosidad meramente formal, fue también combatida con firmeza por el mismo Jesucristo, según narra el Evangelio: «Así habéis anulado la palabra de Dios por vuestra tradición. Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías cuando dijo: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está muy lejos de mí. En vano me dan culto, mientras enseñan doctrinas que son preceptos humanos» (Mt 15,6b-9; cfr Mc 7,6-8).

San Pablo en la Carta a los Romanos utiliza palabras del v. 10 para referirse al papel de Israel en el plan salvífico de Dios: «Les dio Dios espíritu de necedad, ojos para no ver y oídos para no oír hasta el día de hoy» (Rm 11,8). Muestra así que la incredulidad del pueblo judío ante Cristo estaba en los planes de Dios. Y en la Carta a los Corintios, al tratar de la sabiduría de la cruz, cita palabras del v. 14b: «Porque el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y desecharé la prudencia de los prudentes» (1 Co 1,18-19). Si durante la invasión de Senaquerib Dios confundió la prudencia humana que aconsejaba hacer una alianza con Egipto en lugar de confiar en Él, así también Dios confunde la sabiduría humana que considera la cruz de Cristo una necedad: «Echa a perder la sabiduría de los sabios cuando hace lo que ellos niegan que pueda ser hecho; y vence la inteligencia de los prudentes cuando demuestra que Dios, al que consideran lejano, interviene en lo que ellos piensan que es necio» (Ambrosiaster, Ad Corinthios 1,19).

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