COMENTARIO

 Is 29,15-24 

Una nueva lamentación es introducida por el tercer «¡Ay!». Al principio se trata de la situación ridícula en la que se encuentra el que piensa que puede pasar inadvertido al juicio de Dios (vv. 15-16). La imagen del barro y del alfarero (cfr nota a Jr 18,1-12) muestra la necedad de negar que el hombre tenga un «Hacedor», o de enfrentarse a Él asegurando que «no sabe lo que hace». El profeta denuncia la falta de sentido que manifiestan los hombres de Judá con su alejamiento de Dios. San Pablo, en Rm 9,20-21, tomará el argumento del v. 16 para ilustrar la libre elección divina de pueblos y personas (cfr 45,9).

Pero la necedad no es definitiva (vv. 17-24). El Señor va a actuar y, cuando lo haga, nada escapará a su poder: los sordos oirán y los ciegos verán, los opresores desaparecerán y habrá terminado el endurecimiento.

La curación de las enfermedades, en concreto la sordera y la ceguera (vv. 18-19; cfr 35,5) es específica de los tiempos mesiánicos; será signo del restablecimiento del reino. San Mateo pone en boca de Jesús a la pregunta de los discípulos de Juan acerca de si Él era el que había de venir o era necesario esperar a otro: «Id y anunciadle a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Y bienaventurado el que no se escandalice de mí» (Mt 11,4-6; cfr Is 26,19; 35,5-6; 61,1-3). Así, con la referencia a estas obras, Jesús demuestra que Él es el Mesías, cuya misión es la de instaurar el Reino de Dios, tal como había sido profetizado por Isaías.

La última promesa (vv. 22-24) hunde sus raíces en la tradición patriarcal. La vocación de Abrahán, que únicamente en este pasaje de la Biblia es denominada «rescate», y la historia de Jacob, librado de tantos peligros, fundamenta la esperanza del rescate y salvación definitivos.

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