COMENTARIO
La razón de suscitar al nuevo libertador, Ciro, es la predilección entrañable de Dios (cfr v. 9) por su pueblo, sometido todavía a la humillación del destierro. Es el primer oráculo del «Libro de la Consolación» en el que se aplican a Israel apelativos y expresiones que denotan una ternura insospechada en el Señor: «Mi siervo» (vv. 8.9) es el término técnico para designar al elegido para una misión importante, como se verá después en los cantos del Siervo. Aquí se aplica al pueblo entero, a Israel, y no a un individuo. Con la expresión: «No temas» (vv. 10.13.14), se invita a la confianza en el Señor cuando aparentemente no hay motivos para la esperanza: son las mismas palabras que en otros lugares de la Biblia se dirigen a las personas elegidas para una misión arriesgada, como Jacob (Gn 46,3) o Josué (Jos 1,9; 8,1; etc.) en el Antiguo Testamento, y a la Virgen María, la Madre de Jesús (Lc 1,30) en el Nuevo. Otros títulos importantes son: «Estirpe de Abrahán, mi amigo» (v. 8), en recuerdo de su origen noble, «gusano de Jacob, los débiles de Israel» (v. 14), en alusión al estado deplorable del destierro.
Más significativas aún que los apelativos dirigidos a Israel son las acciones de Dios y los títulos con los que se le designa. Las acciones son siempre positivas: «Tomar de los extremos de la tierra», «llamar» (v. 9), «dar fuerzas, socorrer, sostener» (v. 10), «ayudar» (vv. 13.14). Los títulos son afectuosos: «Tu Dios» (vv. 10.13), «tu Señor» y, sobre todo, «tu Redentor» (v. 14), expresión que volverá a aparecer hasta en catorce ocasiones en esta parte del libro. El redentor (goel en hebreo) era el familiar más próximo, obligado a velar para que no se atropellaran los derechos de la familia, ni los bienes materiales, ni la fama, ni menos aún la vida (cfr nota a Jb 19,25).
La predilección de Dios por Israel, su pueblo, que tan bellamente expresa el profeta, debe ser también un motivo que fundamente la confianza de los miembros del nuevo Pueblo de Dios: «Nuestro Señor tiene un continuo cuidado de los pasos de sus hijos, es decir, de aquellos que poseen la caridad, haciéndoles caminar delante de Él, tendiéndoles la mano en las dificultades. Así lo declaró por Isaías: Soy tu Dios, que te toma de la mano y te dice: No temas, Yo te ayudaré. De modo que, además de mucho ánimo, debemos tener suma confianza en Dios y en su auxilio, pues, si no faltamos a la gracia, Él concluirá en nosotros la buena obra de nuestra salvación, que ha comenzado» (S. Francisco de Sales, Tratado del amor de Dios 3,4).
La última sección (vv. 17-20) expresa gráficamente la restauración de Israel mediante la imagen del desierto que se transforma en lugar fértil y frondoso (cfr 44,3; 51,3).