COMENTARIO

 Is 56,1-8 

En la Jerusalén renovada el Templo comenzará a abrirse a todos los pueblos. Lo que se anunciaba para los últimos días al inicio del libro (cfr 2,2-5) comienza a suceder: el Templo del Señor será casa de oración para los que antes no podían entrar y para todos los pueblos.

En contraste con la antigua legislación (Lv 22,25; Dt 23,2-9), que excluía de la participación en la asamblea de Israel a eunucos y extranjeros (la misma actitud se refleja en Esd 9,1-12 y Ne 9,1-2), el presente oráculo manifiesta una mentalidad mucho más abierta y universalista (cfr Sb 3,14): no hay inconveniente en acoger a eunucos y extranjeros con tal de que observen el sábado y la Alianza (cfr vv. 2.4.6). Los lazos para formar parte de la comunidad del pueblo de Dios ya no son estrictamente los de la sangre, sino que son necesarios y suficientes los de la comunión en el culto al verdadero Dios y la práctica de la moralidad establecida por la antigua Alianza.

La misión que comienza a desempeñar el Templo reconstruido al regreso de los desterrados —la invitación dirigida a todos los hombres sin exclusiones para que puedan adorar al Señor integrados en el pueblo de Dios— tiene su culminación gracias a la Redención llevada a cabo por Jesucristo. En la purificación del Templo (Mt 21,12-13 y par.), en la que Jesús apela a palabras del v. 6 —junto con Jr 7,11 (ver nota)— se da pleno cumplimiento al anuncio profético.

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